Tomás Fraga se recupera en Fene del atentado terrorista que sufrió en Egipto.
21 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Mañana hará tres meses que Tomás Fraga volvió a nacer. Este ingeniero industrial de Fene, que apenas peina los veintitantos, vivió su segundo alumbramiento hace noventa días, cuando la metralla de las bombas que colocó Al Qaida en la península egipcia del Sinaí logró tenerle dos meses entre quirófanos y enfermeras. A día de hoy, las secuelas de un atentado terrorista vivido en primera persona se reducen a unas heridas en el rostro y los dedos de una mano en proceso de rehabilitación. En el ánimo del joven no se aprecia ni rastro de pesimismo: «Vivir un atentado sólo fue un capítulo de mi vida. No voy a meterme debajo de la cama por ello, hay que seguir». En abril de este mismo año, a Tomás Fraga le ofrecieron irse a trabajar a Damietta, una ciudad a 592 kilómetros de donde meses más tarde Al Qaida perpetraría la barbarie. Era su primer empleo como ingeniero -en una empresa llamada Segas, participada por Unión Fenosa- y, según él cuenta mientras el brillo se posa en sus ojos verdosos, resultaba «genial; trabajaba en la planta de licuefación de gas más grande del mundo, estaba en pleno período de formación». Días de trabajo Eran días de trabajo y rosas en los que Tomás y sus compañeros no desaprovechaban las jornadas libres para lanzarse a conocer el país de las pirámides. Eso hicieron también aquel 22 de julio. Carretera y manta hacia la península del Sinaí, un paraíso de discotecas, hoteles de lujo y balnearios. «Pasamos hasta seis controles militares antes de llegar. Es un sitio muy turístico y nos parecía muy seguro, con mucho control sobre quién entra y quién sale», dice. Llegado este momento de la conversación, su voz comienza a sonar más baja y sus frases ya no salen si no es entre carraspeos. «No sé, íbamos andando por una acera y sentimos como una explosión en un hotel, pensamos que se cayera algo dentro de él». Varios segundos después, «todo explotó». «Sé que yo estaba muy cerca del hotel antes de que esto pasase... luego, luego ya no estaba allí. No entiendo si cambié de lugar con la explosión, pero mis amigos no me encontraron». No lo hallaron, aunque lo buscaron durante horas, ya que de un nutrido grupo sólo él y una chica resultaron heridos. Tomás apareció en un hospital de El Cairo; dos hombres que hablaban inglés lo sacaron de entre los escombros y, de ahí, pasó a manos de los médicos. Tardó poco en saber que había sido víctima de una masacre. Y algo más en darse cuenta de que «la pesadilla acabó; ahora toca vivir», proclama.