La princesa ya no está triste

GALICIA

Masako, esposa del heredero japonés, acude a un acto oficial tras veinte meses encerrada en el palacio debido a una depresión originada por la exigencia de tener un hijo varón

20 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Veinte meses han tardado los japoneses en ver a su princesa acudir a un acto público. Veinte meses le ha costado a Masako Owada superar la crisis de ansiedad, depresión y herpes derivada de la ausencia de un hijo varón. La expectación que el relajado paseo de ayer por la Exposición Universal de Aichi levantó en la prensa japonesa sólo se entiende repasando la vida de esta mujer, sonriente y dulce, prisionera de una de las cortes más estrictas y sofocantes del mundo. Masako Owada es hija de un brillante diplomático que la paseó por medio mundo: la guardería la tuvo en Moscú, la escuela primaria en Nueva York y Tokio, la secundaria la cursó en Tokio y Boston, y ya mayor, se licenció con sobresaliente en Economía por Harvard, terminó Derecho en Tokio y amplió sus estudios en Oxford. Dicen quienes la trataron que iba para ministra. La vida sonreía a esta plebeya de clase alta, algo egocéntrica y muy conservadora en su conducta, que tenía la convicción de que su talento y conocimientos la llevarían a vivir muchos retos. Sin embargo, el príncipe Naruhito se cruzó en su vida en 1986 -en una recepción oficial a la infanta Elena en Tokio- y todo cambió. La diplomática Masako esquivó al hijo del emperador durante años. Pero Naruhito, que había rechazado a 300 candidatas, se había enamorado y no se daba por vencido. Tras siete años de insistencia, ella accedió a la boda con la condición de aprovechar sus conocimientos de diplomática en su nuevo papel. Él le dijo que sí y le aseguró que la protegería de los peligros de la corte. Entre las muchas leyendas urbanas que rodean a la pareja hay una que tuvo mucho eco en su momento, según la cual el Kunaicho -la Agencia de la Casa Imperial de Japón, un ente burocrático con 1.300 funcionarios que controla la vida de la familia imperial- amenazó a la joven Masako con que su carrera como diplomática y la de su padre se quedarían reducidas a la mínima expresión si seguía dándole calabazas a quien ocupará el puesto 126 en el trono del crisantemo. Castigos fulminantes La amenaza pudo no ser falsa, a tenor de lo ocurrido justo antes de que la pareja se casase. En la rueda de prensa que dieron ambos con motivo del compromiso, la inexperta Masako habló 23 segundos más que Naruhito. Como castigo, se le impidió acudir con su prometido a Jordania. Una vez casados, en junio de 1963, la pareja se instaló en el palacio Togu, y allí Masako descubrió en qué consistiría su vida: tenía que pedir autorización para salir de palacio con quince días de antelación, debía cambiarse de kimono ocho veces al día, no podía ver películas, no podía recibir visitas. Sólo podía quedar embarazada y dar a luz. Éste fue el capítulo más escabroso de su vida, ya que el embarazo tardó seis años en llegar y, en este primer caso, acabó en aborto. Hicieron falta dos años más para que hubiese otra gestación. Para entonces, la preocupación era general en un país en el que las mujeres no puede heredar -la ley sálica se aprobó en 1889-, pero en el que no nacen varones imperiales desde hace cuarenta años, una generación después de eliminar las concubinas. Llegó una niña El nacimiento, el 1 de diciembre del 2001, de la princesa Aiko (una mezcla de las palabras amor y niño ) sólo aplacó los ánimos temporalmente. Dicen incluso que la Agencia Imperial prometió aprovechar las cualidades intelectuales de Masako si tenía un heredero. Tras dos años de presión, la princesa no pudo más. Era diciembre del 2003 y la casa imperial anulaba todos los compromisos de Masako hasta abril. Pero llegó abril y tuvieron que anular más, y en mayo, cuando Naruhito acudía a las bodas de los príncipes de Dinamarca y España, lo dejó claro: la princesa necesitaba paz y poder ser útil; se interpretó como una declaración de que no iban a buscar más hijos. Los emperadores se enfadaron -y eso que la emperatriz Michiko, la primera plebeya en la familia imperial, estuvo años sin habla por el estrés- y se quejó el príncipe Akishino, hermano de Naruhito y padre de dos niñas que no reinarán. Tras semejante calvario, es fácil entender lo importante que ha sido la sonrisa que lució ayer Masako.