El mundo a los cuatro vientos Las protestas campesinas consiguen paralizar la proyectada ampliación de la mina de oro más grande de América, situada en el departamento peruano de Cajamarca
06 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.No es oro todo lo que reluce en Yanacocha, la mayor mina de oro de América y la segunda del mundo. Aunque esa explotación a cielo abierto «es recontrarrentable», como presumen portavoces de la empresa que la explota, sus evidentes impactos ambientales despiertan recelos y rechazo entre las comunidades campesinas de Cajamarca (Perú), que sienten amenazados sus recursos hídricos y ven cómo «desaparecen» sus montañas de toda la vida. Al final, tras contagiar su malestar a organizaciones ecologistas y ciudadanas, han logrado detener la proyectada ampliación de la mina a otro cerro llamado Quilish. «Quilish es caso cerrado», admitió el Ministerio de Energía y Minas peruano al revocar en noviembre, y a petición de la propia compañía, la anterior resolución para la evaluación ambiental del proyecto. Fue precisamente la llegada de maquinaria, en la segunda quincena de julio, la que desató una cadena de movilizaciones masivas en Cajamarca que culminaron en septiembre con un bloqueo campesino de la carretera a la explotación y un paro regional indefinido. Estudios hidrológicos Sólo entonces Minera Yanacocha -propiedad de la multinacional estadounidense Newmont (51,3%), la peruana Buenaventura (43,6%) y el Banco Mundial (5%)- asumió la necesidad de realizar estudios hidrológicos e hidrogeológicos para garantizar la protección del agua y, sobre todo, la urgencia de auténticos mecanismos de diálogo y concertación con la sociedad cajamarquina. Sólo entonces reconoció sus errores, incluida la «mala comunicación interna» que trataba de descalificar a los campesinos como «borrachos azuzados por ONG ambientalistas y un cura que les distribuye aguardiente». En realidad, las primeras quejas campesinas surgieron nada más abrirse Yanacocha en 1993, cuando las esperanzas de desarrollo despertadas por esa "nueva minería" empezaron a chocar con la entrada de maquinaria en los campos agrícolas y la compra de tierras a bajo precio. Y el sacerdote agitador , Marco Arana, director de la organización ecologista Grupo de Formación e Integración para el Desarrollo Sostenible (Grufides), ha acabado siendo el mediador clave para la solución del conflicto, cuyo eje de discusión siempre fue el agua, por el riesgo de que los tajos en la montaña modificaran los acuíferos y se filtraran contaminantes de la mina en la red hídrica. Altavoz Lo que sí han hecho Grufides y oenegés como Ecovida es servir de altavoz a las inquietudes campesinas. Como señalan el padre Arana y Patricia Rojas, secretaria de Grufides, los agricultores llevan tiempo denunciando «el agua sucia y más escasa, el cierre de canales por la empresa minera y la desaparición de truchas en el río». Y remachan: «Lo viven a diario, no pueden mentir». Aún lo expresa con más fuerza el alcalde del caserío de Huambocancha Baja, Gomer Vargas, quien subraya que aquellos «cerros limpios, con aguas en cualquier cantidad para sembrar y para pastos», dejan llegar ahora «menos agua y bastante ácida». «No la podemos dar a los animales, que están perdiendo pelaje, y a la gente le salen ronchas y alergias». Sus quejas sobre la desnutrición de los niños, porque los suelos no producen como antes, y por enfermedades que antes no tenían, se resumen en un lamento: «El laboratorio ha sustituido a nuestra amiga la naturaleza». Y se completan con un reproche al Estado peruano, por haberles «abandonado» a su suerte.