O Cebreiro se prepara para recibir la avalancha de peregrinos españoles que se espera para los dos meses más fuertes del Xacobeo. Junio fue flojo: en el albergue pasaron la noche 3.600 peregrinos, una cifra respetable, pero ridícula si se tiene en cuenta que en 1999 hubo días en los que, entre el refugio, las tiendas y las carpas militares, durmieron en la aldea 2.000 personas. El mal no es de este año. Cuentan los expertos en peregrinaciones que junio es siempre un mes de vacas flacas. Mayo es el de los extranjeros adultos (los alemanes llegan por docenas), y julio y agosto, los del estudiante y el peregrino gallego. Junio es el del bajón intermedio. Aún así, el albergue cebreirés estuvo lleno todos los días. Hubo noches con camas para todos (el día 28 sólo se alojaron 84 personas) y otras con casi tantos peregrinos con colchón como a ras de suelo. El récord se registró el día 21, con 147 huéspedes, y el 29, con 121 peregrinos en el albergue y otros 100 en las tiendas. El inicio de las vacaciones estivales cambia el perfil del peregrino. En junio la presencia de extranjeros fue importante. Entre los europeos, destacó la afluencia de franceses y alemanes. Pero la de holandeses, italianos e ingleses también fue respetable. Del resto, los canadienses, estadounidenses y brasileños fueron los campeones, aunque también hubo caminantes que llegaron desde países remotos, como Japón, Nueva Zelanda o Sudáfrica. Entre los nacionales, castellanos y catalanes se llevan la palma. También hay que recordar la presencia de madrileños, andaluces y vascos. Pero el bum del peregrinaje autóctono es justo ahora cuando comienza. Por edades, el albergue de O Cebreiro registró un equilibrio entre los grupos de 25 a 35 años, de 35 a 45, de 45 a 55 y de 55 a 65 años. Sin embargo, en los últimos días del mes el final del curso escolar se hizo notar. Las excursiones de estudiantes rejuvenecieron la media y, en las últimas jornadas, los jóvenes de 15 a 25 años superaron con creces al resto. Fueron la avanzadilla de un ejército de mochileros que se han puesto en Camino, que viven de agua y bocatas, y no convencen a los hosteleros locales.