ESTE VERANO que acaba se sumó a la marabunta de fiestas de exaltación del todo vale la celebración del AVE gallego. La primera edición resultó floja, como unas fiestas patronales sólo con sesión vermú. Organizada por Fomento y la Xunta, a principios de julio asistimos a la exaltación de la llegada a este país de los ocho primeros kilómetros de doble vía férrea aún sin electrificar. Las dos localidades unidas a partir de entonces por cuatro traviesas son Oroso y Ordes. En sus bares se polemizó todo el verano sobre los efectos de la alta velocidad en la comercialización del producto agrícola por excelencia de esas tierras coruñesas: el grelo. La discusión no es baladí, pues todavía hoy se oyen los lamentos de los productores de grelos por los efectos perniciosos que desencadenó en su negocio otro símbolo de la modernidad: la A-9. La Autopista del Atlántico les quitó miles de potenciales clientes a los que ya no podían ofrecer sus alabados grelos desde el arcén de la carretera nacional; la de toda la vida. ¿Se podrán vender grelos en el AVE como aún se venden quesos en el Talgo? He ahí la cuestión. Con exaltación, pero sin autoridades, ingenieros ingleses y franceses consiguieron días después de nuestra fiesta del tren que el Eurostar batiera un récord de velocidad férrea. El tren que une las islas con el continente bajo el Canal de la Mancha alcanzó el 30 de julio los 334,7 kilómetros por hora. El hito permite deducir que al ferrocarril de Alta Velocidad Europea (AVE) que se ha diseñado para aquí habría, en rigor, que llamarle AVG (Alta Velocidad Gallega) o AVTS (Aí Vai o Tren de Schröder). El canciller alemán, acosado por la recesión económica, soltó esta semana otra bravuconada. Su Alemania no crece -vino a decir-, porque tiene que esparcir millones de euros entre los socios comunitarios pobres, pelotón en el que destacamos los gallegos, para construirnos vías férreas y autovías. Se olvidó el germano de que los fondos estructurales de la Unión Europea, que su país financia en un 25%, nos ayudan a crecer para importar más coches, más lavadoras y más teléfonos móviles alemanes. Les compramos casi todos los ingenios que tienen más tecnología que el nudo de un manojo de grelos.