La hora de don Pablo

Julio Á. Fariñas REDACCIÓN

GALICIA

El abogado se enfrenta hoy por primera vez ante la Justicia como acusado, por su supuesta implicación en un alijo de 1.800 kilogramos de cocaína

03 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

Para entender algo del proceso delictivo que se generó a lo largo de las dos últimas décadas en las Rías Baixas gallegas en torno al negocio del contrabando de tabaco y de otras drogas ilícitas, como el hachís y la cocaína, resulta indispensable analizar la trayectoria de Pablo Vioque Izquierdo. ¿Quién es ese personaje que hoy se tendrá que despojar de su toga de abogado para sentarse en el banquillo de los acusados de la Audiencia Nacional, como antes lo hicieron la mayoría de sus clientes? Este grandullón, que en su época de estudiante hacía valer su estatura en las canchas de baloncesto, llegó a Vilagarcía desde su Cáceres natal, vía Murcia, donde consiguió la licenciatura en Derecho a principios de los años ochenta. Llegó con lo puesto, pero no tardó en conseguir un empleo como vicesecretario de la Cámara de Comercio y, desde la atalaya de esta fosilizada institución empresarial, pronto cayó en la cuenta de que podía tener a sus pies un nuevo Eldorado. En aquellos años, el contrabando de tabaco había dejado de ser una actividad marginal y complementaria de las maltrechas economías de la zona, para convertirse en una industria ilegal pero tolerada, que generaba millones a sacos con unos riesgos mínimos. Vega Sicilia con gaseosa Vioque no tardó en hacerse con la secretaría general de la Cámara y en convertirla en su segundo despacho profesional. En los dos, de forma indistinta, recibía a clientes a los que les sobraba el dinero y les faltaba todo lo demás. Personajes que cuando se sentaban a la mesa con él, regaban el almuerzo con Vega Sicilia, pero lo rebajaban con gaseosa. Para desesperación de los bufetes locales de toda la vida, los clientes acudían a él, cual moscas a un panal de rica miel. Tal era su éxito profesional que de los 97 procesados en el macroproceso del contrabando -el 11/84-, 94 eran habituales de su despacho. Él fue su portavoz en aquel histórico debate televisivo de La Clave, del que tuvo que salir precipitadamente porque acaban de detener a sus principales clientes. La clave de su éxito profesional radicaba en que ofertaba a los interesados un paquete de servicios que iba mucho más allá de la simple defensa jurídica y podía incluir extras tales como la gestión de un indulto o la dilación interminable de un proceso. También tenía encantos personales. Una mujer que le conoce bien lo definió como «intrigante y bribón, listo y seductor, pero más zorro que inteligente». La redada del 84 Lo cierto es que después de la redada del 84 ya nada fue igual en las rías. Y Vioque fue consciente de ello. Por eso empezó a marcar distancias formales con todo ese mundo, y se puso la toga sólo para defender aquellos compromisos ineludibles. José Luis Orbaiz, en otros tiempos uno de sus mejores clientes y hoy uno de sus mayores enemigos, le soltó en un careo ante el juez Garzón que por aquellas fechas «tú empezaste a decirnos a todos los contrabandistas de tabaco que teníamos que pasarnos al hachís, estabas enteradísimo». A finales de los ochenta, Pablo Vioque ya se jactaba en público de que su etapa de abogado de contrabandistas había pasado a la historia y que estaba metido de lleno en el mundo de los negocios. Efectivamente, ya le había colocado el pazo de Bayón a Oubiña, librando así del muerto a unos cuantos buenos amigos -políticos y contrabandistas-, e iba repartiendo tarjetas de visita de broker. Como tal, intermedió en la compra de varias empresas para la Unión de Bancos Suizos (UBS), que buscaba en Galicia inversiones rentables para dar salida a los excedentes de pesetas, muchas de ellas llegadas desde la propia comunidad gallega. Si algo caracterizó desde siempre la personalidad de Vioque fue su desmedida ambición. Hay datos que permiten sospechar que a finales de los ochenta, principios de los noventa, sus negocios ya habían rebasado con creces los límites de la legalidad. Informes policiales que obran en poder de la Justicia desde finales del 1991 ya aluden a él como presunto cerebro de una red de traficantes de cocaína, que movía 500 kilos cada dos semanas. Lo sucedido en Benavente en marzo de 1992 apuntala esta hipótesis. Los testimonios de los Piturros y de José Luis Orbaiz Picos, que lo llevaron por primera vez a la cárcel en marzo de 1997, han supuesto para él una estocada casi mortal. Su detención en mayo de 2001, que actualmente lo mantiene en prisión como presunto implicado en otro alijo de 1.800 kilos de cocaína, lo ha dejado al borde del precipicio. Hoy empieza para él la hora de la verdad.