Ellas son el verdadero poder del campo

Un grupo de vecinas de Santa Comba ponen en valor la labor de las mujeres del rural, donde asuntos como la conciliación se traducen en mayor carga de trabajo


redacción / la voz

«Somos un pouco férvelle as verzas». Esa es la forma en la que Cecilia describe la forma de ser de mujeres que, como ella, viven en, de y por el campo. Saben hilar fino, con mano izquierda, pero como apunta Lina no paran. ¿Su modo de conciliar? Con trabajo. «Levantámonos para almorzar, arranxamos os nenos para ir ao colexio cando son pequenos, somos as primeiras en chegar á cuadra ou á nave, arranxamos todos os papeis da explotación, coidamos os vellos.... O mesmo levamos os maiores ao médico que coidamos os rapaces», dice. Cecilia y Lina son dos de las dieciséis mujeres reunidas para hablar de la realidad que las rodea, la de unas trabajadoras -algunas están ya jubiladas, pero continúan dando el callo en casa- que viven en la Galicia rural, en Santa Comba, a medio camino entre A Coruña y Santiago, un lugar donde prima la ganadería como motor económico. Ellas, cada una desde su terreno, le dan un buen empujón.

Algunas, como Cecilia y Florinda, trabajan en la explotación de vacuno familiar; otras como Lina tienen una granja de pollos; Isabel trabaja en una quesería; Carmen fue emigrante en Suiza; Clementina cuidó de la casa, los hijos, la granja... mientras su marido «estaba emigrado»; Lola lleva una asociación, pero también es de esas mujeres sabias conocedoras de los secretos que esconden las hierbas... La mayor parte rondan los cincuenta y tienen en común haberse casado jóvenes. Las hay que aún eran adolescentes. Sus hijos son mayores, pero de cuidarlos a ellos han pasado, de repente, a cuidar a sus mayores. «En lugar de mandarnos un servizo a domicilio unha hora ao día sería mellor que as xuntaran e un día viñeran tres horas. Dese xeito daríanos tempo a ir ao cine, que aquí non temos, ou facer algo para nós», pide Lina.

Porque a veces «a vida rural é moi escrava, pero acostúmaste. Cando era nova traballaba nun bar e ao chegar á casa aínda tiña que facer cousas despois de traballar non sei cantas horas...», recuerda Carmen. Pero no todas comparten ese sentimiento de esclavitud. «Estamos contentas, non podemos mentir. E as que non imos máis por aí de viaxe é porque non queremos», cuentan. Dicen que sus maridos las ayudan, pero muchas veces son ellas mismas «as que non somos capaces de deixarlles facer». Estas mujeres son una representación del tejido femenino que articula el día a día de los pueblos gallegos, unas zonas donde el asociacionismo es una de las piedras angulares de la vida social. «Coa asociación imos de excursión, ao balneario, facemos teatro...», cuentan.

Pero también animan a salir de casa a esas vecinas que no lo tienen tan fácil como ellas porque, como dicen, «o galo aínda cree que só manda el, ou non teñen a independencia económica para actuar con liberdade e non queren pedir cartos á sogra ou ao home para ir por aí adiante». Casos de esos, como dicen, aún se ven «e non só no rural, pasa en todas partes».

Al escuchar su debate, uno se da cuenta de que, en el fondo, estas mujeres son como las flores silvestres: Tan fuertes, pero al mismo tiempo tan delicadas.

«Nas vilas e aldeas aínda é complicado ter mulleres para ir nas listas»

No cabe duda de que están bregadas en mil batallas, pero todavía tienen arraigado el reparto de roles tradicional entre hombres y mujeres. «Prefiro pasar o ferro que cortar a herba, que me doe máis o lombo», dice Lola, aunque sabe como sus compañeras que esa percepción va a cambiar en generaciones posteriores. También esperan que mejoren cuestiones como tener una mejor cobertura de móvil o que sea más fácil hacer listas paritarias en los concellos rurales. «É complicado lograr que as mulleres vaian na lista», explican.

Romper el techo de cristal es un reto en los pueblos. Desde la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (Fademur) constatan que la presencia de mujeres en cargos de responsabilidad del medio rural es «injustamente escasa». Y ponen como ejemplo el caso de las cooperativas. Los datos de la Asociación Galega de Cooperativas Agroalimentarias (Agaca) muestran como en Galicia la cantidad de mujeres en ellas supera la media española. Pero mientras un 45,11 de los asociados son mujeres, la presencia femenina en consejos rectores es del 16,8 %.

Más allá de que las mujeres del rural son uno de los grupos más afectados por el desempleo (la tasa en España ronda el 42 %), desde Fademur dicen que el trabajo que hacen aún es, en muchas ocasiones, invisible. En este sentido, añaden que a pesar de que existe una Ley de Titularidad Compartida desde hace nueve años, no se ha impulsado.

Ellas son dueñas de menos explotaciones agrarias que los hombres y representan el 37,3 % de las personas perceptoras de las ayudas directas de la PAC.

Más de 600 años para cobrar lo mismo

Ana Balseiro

Las gallegas ganan casi 4.600 euros anuales menos que los hombres, y esa brecha salarial, que rebasa el 27 %, se ha incrementado en la comunidad desde el 2005, en lugar de reducirse

Como cada 8 de marzo, las mujeres toman las calles reclamando igualdad en todos los ámbitos. El salario no es una excepción, porque, pese a los brotes negacionistas, las estadísticas ponen -tozudas- negro sobre blanco no solo la existencia de una brecha retributiva de género, sino su persistencia.

El último informe del sindicato de técnicos de Hacienda (Gestha), Brecha salarial y techo de cristal, cifra en el 27,3 % o, lo que es lo mismo, en casi 4.600 euros brutos al año, el dinero que, de media, perciben de menos las trabajadoras gallegas en comparación con sus compañeros varones. Aunque el estudio sitúa a la comunidad ligeramente mejor que el conjunto del país (la diferencia en España se acerca a los 5.000 euros, un desfase del 28,6 %), desvela, sin embargo, un dato preocupante, ya que la brecha creció en Galicia, comparando los datos del 2018 (último ejercicio disponible de la Agencia Tributaria) con los del 2005.

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