Sabina Urraca: «Mi narración es incómoda, soy consciente, era mi objetivo»

Lengua de Trapo inaugura sus particulares episodios nacionales con un relato en el que los atentados del 11M son solo la excusa


Hay al menos dos cosas que quedan claras tras charlar con Sabina Urraca (San Sebastián, 1984) sobre su nueva novela, Soñó con la chica que robaba un caballo, ejemplar que inaugura los episodios nacionales con los que Lengua de Trapo, tomando prestada la idea de Galdós, se ha propuesto revisitar la historia reciente de España: que ni esta es una recreación de lo pasó el 11M, ni tampoco una historia autobiográfica, a pesar de las convergencias, que ahí están. También Urraca tenía 19 años cuando aquellos trenes saltaron por los aires en Atocha, también vivía en un colegio mayor y también acudió esa noche al concierto de Belle and Sebastian en la sala Aqualung. Cualquier otro parecido con la realidad es (casi) mera coincidencia.

Este relato de apenas cien páginas es incómodo, a ratos casi grotesco, pero el escozor no es casual: los acontecimientos están cargados de intención, inteligentísimamente ejecutado. Sin embargo, el rechazo no ha tardado en aparecer. Tal ha sido su irrupción que la autora ha decidido aparcar un tiempo las redes sociales. Razona, en su defensa, que creó a propósito unos personajes que pensasen cosas incómodas y que hiciesen cosas incorrectas, «muy desagradables en algunos momentos», porque, dice, siempre le ha gustado lo que consigue remover. «Todos hemos pensado cosas que no deberíamos haber pensado y hemos tenido dudas de qué sentir cuando sucede algo», replica.

-¿Qué son estos nuevos episodios nacionales?

-La editorial tuvo la idea de revisitar el concepto de Galdós, libros en los que se narra parte de la historia de España a través de unos personajes. Como sucede un poco aquí, eran unos personajes que iban por ahí mientras sucedía algo, como nos pasa con muchos acontecimientos históricos, que no estamos implicados directamente en ellos, pero inevitablemente nos rozan de alguna manera. La idea era hacer unos episodios más actualizados y yo escogí el 11M. 

-¿Cómo decides abordarlo tú?

-De los episodios de Galdós me gusta cuando los personajes son ajenos al acontecimiento, cuando les ha tocado vivirlo, pero están teniendo otros problemas, están viviendo otras cosas. Y me interesaba mostrar algo que pasa mucho: el desinterés hacia el acontecimiento histórico que está sucediendo; no el del déspota, el del malcriado, el del que dice «me da exactamente igual lo que está pasando», no, el desinterés por circunstancias de la vida. Porque un acontecimiento histórico puede pillarte en cualquier momento. Este en concreto quise mostrarlo desde los ojos de dos personajes jóvenes que llevan muy poco tiempo en Madrid. Las protagonistas tienen 19 años, viven en un colegio mayor y viven cosas que, de alguna manera, les tocan más directamente y más salvajemente. Los atentados son algo que sucede rozándoles. 

-¿Qué cosas les tocan más «salvajemente»?

-Me interesaba mucho tratar la enfermedad mental y, relacionado con esto, la figura de la persona que llega a la capital desde una ciudad de provincias o un pueblo deseando comerse el mundo y, al final, la ciudad, la vida adulta, las nuevas obligaciones y la nueva libertad acaban resultándole incluso dañinas. Yo soy contemporánea a los personajes de esta historia, también me fui a Madrid con 18 y también vivía en una residencia de estudiantes, aunque aquel día lo viví de manera diferente, pero recuerdo unos primeros años bastante convulsos emocional y psicológicamente. Y recuerdo que mucha gente empezaba el primer año y, de pronto, desaparecía, venían sus padres y se los llevaban de vuelta y nunca más volvíamos a saber más de ellos. Esa figura siempre se me quedó ahí, latiendo, y aprovechando el acontecimiento histórico quise juntarla con otra que me perturba mucho, la del impostor: de vez en cuando sucede que alguien se hace pasar por víctima de alguna tragedia y que, tiempo después, se descubre que no lo fue, que era todo una farsa, que ni fue un superviviente del Holocausto ni su pareja falleció en las Torres Gemelas. Quise pensar, por qué alguien diría que vivió esto. Y fue un poco la premisa.

-¿Partes de estas ideas o van apareciendo a medida que vas a escribiendo?

-Yo tenía claro que quería hablar de dos amigas y de distintas vivencias, y no quería que tuviesen nombre, porque para mí era un poco un homenaje a esas personas que, como comentaba, desaparecían de pronto, incapaces de hacer frente a la vida adulta, a la vida en general. Ese era el punto de partida. Sucede que ahora mismo hay una especie de salida del armario de la enfermedad mental o del momento emocional vital complicado, la gente dice abiertamente que va al psicólogo, que hace terapia, pero hace 20 años no era tan sencillo. Sin embargo, lo que sí ha estado siempre muy presente es la imposibilidad de hacerle frente a la vida, porque la vida es espantosa, porque crecer es espantoso, doloroso. 

-¿Cómo han recibido los lectores este enfoque?

-Yo era consciente de que estaba haciendo una narración incómoda, y ese era mi objetivo. A mi no me interesaba hacer un homenaje a las víctimas del 11M, porque ya se han hecho, me interesaba hacérselo a aquellos que intentaron iniciar una vida adulta que no pudieron continuar, que finalmente tuvieron que tomar otro camino o que, directamente, se quedaron detenidos ahí, atrapados en ese momento. Ha habido gente que se ha sentido identificada, sobre todo en esa sensación de no saber qué sentir hacia determinadas cosas (¿qué es lo que se debe sentir cuando sucede algo?), pero desde el principio lo que me encontré fue bastante rechazo. Al lector le caían mal los personajes, y lo comprendo. A mí mis propios personajes en algún momento también me caen mal, esto es una novela, no voy a hacer unos personajes amables que entren en el corazón de todo el mundo. Escogí crear unos que piensan cosas incómodas y que hacen cosas incorrectas, muy desagradables en algunos momentos, que sienten cosas muy feas y realmente creo que esto puede conectar con cualquier persona, porque todos hemos hecho cosas incorrectas, desagradables, hemos pensado cosas que no deberíamos haber pensado. Pero me he encontrado mucho rechazo, de hecho he dejado las redes durante un tiempo.

-¿A qué crees que se debe ese rechazo?

-Muchas veces, se busca encontrar en un libro algo con lo que uno se sienta identificado, algo que le afecte directamente, a lo que adherirse, algo que agitar como una bandera. Y mi libro no es algo que agitar como una bandera, no al menos para todo el mundo. Y yo parto del punto de que a mí me gustan las cosas que me remueven; busco crear cosas no solo que remuevan al lector, también que me remuevan a mí misma mientras las escribo. A mí este libro me removía mientras lo escribía, yo sufría en algunos momentos.

-¿Qué removió concretamente en ti esta historia?

-Me llevó a recordar cosas de aquellos años y me emocionaba a ratos. Hablé mucho con mis amigos de aquella época, de la que he olvidado muchas cosas. Yo también fui aquella noche al concierto de Belle and Sebastian, como la protagonista, pero no recuerdo nada. Era un día muy raro, estábamos muy removidos. Recuerdo todo lo de los atentados, el inicio del día y todas las manifestaciones a las que fui, esto es de lo que más me acuerdo. Me pasó algo muy fuerte, que más adelante lo usé en el libro: viendo documentales sobre el 11M me encontré a mí misma a los 19 años en varios vídeos, me vi en imágenes de manifestaciones, y fue como una corriente eléctrica, lloré muchísimo.

-¿Fuimos conscientes entonces de lo que estaba sucediendo o hizo falta que pasase el tiempo para comprenderlo?

-Para mí, personalmente, no hablo ahora de mis personajes, fue un momento clave en la toma de conciencia política. Yo ya sabía que el mundo era un desastre y estaba muy mal gestionado por las personas que lo tenían que gestionar, pero era idealista y tenía un candor que se me rompió con el 11M, cuando los políticos empezaron a usar los atentados con fines electorales. En el momento en el que me di cuenta de que nos estaban engañando, de que estaban culpando a ETA para conseguir mantenerse en el Gobierno, recuerdo que pensé, «Dios mío, esto está pasando, esto es así y va a seguir pasando, esto se hace». Y me caí del guindo, absolutamente. Yo era una persona muy rebelde, muy enfadada con el mundo, pero en realidad tenía mucha inocencia. Tengo esos recuerdos, de ese desconcierto, de ese desencanto. Fue además la primera vez que voté, eso fue muy importante para mí. 

-¿Qué Madrid era aquel, el del 2004?

-Pues fíjate, la primera vez que nosotros recibimos mensajes de desconocidos en el móvil fue para llamarnos a movilizarnos en aquellas marchas a raíz del 11M. Era el momento de los SMS, esa comunicación contraída porque costaban dinero, y ya solo que te citasen desconocidos fue una revolución, y desde ahí se fue extendiendo. Ahora estamos en constante comunicación unos con otros, nos relacionamos con desconocidos por las redes sociales todo el tiempo, vivimos en un contexto de hipercomunicación.. Ese, para mí, es el punto de partida básico, la diferencia que eso supone con respecto a ahora: nos relacionábamos con la gente que teníamos más cerca y no había redes sociales.Yo en aquel momento leí los periódicos al día siguiente, pero no leí millones de opiniones de millones de personas, como haría ahora si pasase algo así, opinando sobre el 11M. Lo que yo pensaba de esto estaba muy mediado por las cosas que hablaba con mis amigos del colegio mayor, y eso es clave. Y otra de las cosas que veo muy importante, que ya comentaba anteriormente, es que ahora mismo la gente que tiene la edad de las protagonistas habla más de la enfermedad mental. A veces me asusto, pienso que se está haciendo exhibicionismo de esto, pero al mismo tiempo creo que es bueno que si alguien de 20 años siente que le falta el aire, que se está volviendo loco de repente, que si tiene sudores fríos y no puede respirar, que tiembla, que sepa que es un ataque de pánico. La primera vez que yo lo sufrí no sabía lo que era, pensé que me estaba dando un ataque al corazón.

-Abordas aquí el lugar común de los sentimientos, la idea de no sentir lo que hay que sentir, lo que se espera que sientas.

-Esto me parecía muy interesante. Porque muchas veces las emociones no funcionan así, de pronto se muere tu abuela y tú en ese momento estás en shock porque estás viviendo otra cosa que te come toda la emocionalidad, y cuatro años después ves una foto o recuerdas algo y empiezas a llorar. Lo he visto en mí, lo he visto en mi entorno y lo he visto mucho en los talleres de escritura que he impartido, en los que trato a menudo la herramienta de tomar cosas de la vida, retazos, para construir historias. Las emociones explotan en momentos inesperados, muchas veces nuestra mente no reacciona como se supone que tiene que reaccionar. A uno le puede dar un ataque de risa en un funeral y dos meses después caer en una profunda depresión por esa persona que ha muerto. Es absolutamente aleatorio. Y me interesaba mucho, por eso la protagonista al principio está totalmente anestesiada y años después, cuando ya ha vivido muchos años en la ciudad y por su trabajo se ve obligada a ver aquellas imágenes, explota y se derrumba. 

-Hay un momento muy delicado en la historia, durísimo, entre las dos amigas. El episodio de abuso.

-Me lo planteé como una especie de experimento: cuando terminé el libro se lo pasé a algunos amigos y amigas y les pregunté por las relaciones sexuales que hay en la historia, les pregunté qué les parecieron. Y me decían, muy fuertes. Pero nada más. No veían que había abusos, les costaba verlo. Me interesaba «jugar» con esto, que suena fatal, pero me parecía muy interesante mostrar esa oscuridad, el tema de que puede suceder cualquier cosa. Nadie me lo menciona, hasta ahora no me habían preguntado por ello. No sé si es por la incomodidad o porque no se dan cuenta, lo cual me preocupa más, porque eso significa que en la vida real no somos tan capaces de ver cuando algo es un abuso. A veces pasa en la literatura que te presentan unos personajes, tú te haces «amigo» de ellos de alguna manera, los sigues, estás con ellos y, de repente, uno comete un abuso o es víctima de él. Como son tus «amigos», ¿qué haces? ¿Los perdonas, los disculpas? Es importante esto. ¿Cómo se lo toma el lector? En la vida real, la gente que comete abusos puede ser gente majísima de primeras, pero de repente se le tuerce algo en el cerebro (o ya lo tenía ahí) y hace algo así. Me parecía muy importante mostrar esto, qué harías si de repente tu personaje favorito comete un asesinato, un abuso, acosa a alguien.

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