María Dueñas: «Debo pedir disculpas a Galicia, tengo una espina clavada»

«Es cargante oír: 'Si vende mucho, será que no es buena'», revela la escritora, que vuelve sobre la historia para llevarnos muy lejos con la gran apuesta editorial del año, «Sira»


A María Dueñas (Puertollano, Ciudad Real, 1964) una máquina de escribir no le reventó el destino, pero le cambió ligeramente el día a día. Dejó la universidad y se entregó de lleno al oficio de escribir historias, pero sigue siendo, asegura, la persona de siempre, la que empezó la aventura de la vida como la mayor de ocho hermanos, pragmática, organizada y con sed viajera, alguien que no confía su suerte a amuletos ni talismanes, que no deja de tener los pies en el suelo. Sira, su personaje estelar, vuelve al escaparate doce años después del bestseller de Dueñas que rompió el molde, El tiempo entre costuras.

«Yo era una profesora de universidad, con una vida muy estructurada y no había entrado en mi pensamiento en ningún momento tener una vida profesional volcada en la escritura. Escribí El tiempo entre costuras con la única ilusión de encontrar a alguien que me lo quisiese editar. Y la acogida de los lectores fue una bola que crecía y crecía...», comienza la autora, que se metió millones de «viajeros» a través del papel en la maleta con su primera novela. En nada, la historia corrió y dio el salto a Latinoamérica, llegaron las traducciones y luego la serie. «Y sentí que tenía que dedicarme a esto por completo, porque era una pena dejar pasar el tren. Dejé la universidad, y este fue un cambio en mi vida, y cinco libros después aquí sigo», sonríe Dueñas. 

­-«El tiempo entre costuras» despegó en el 2009, con el inicio de la crisis. En las malas, dio en la tecla del éxito.

-Sí, fue un poco a contracorriente.

­-¿Siente que va a contracorriente?

-No tanto, pero en aquel momento se vislumbraba la crisis tan desastrosa que vino. Y en literatura se llevaban otras cosas distintas. Acuérdate, eran los años de Larsson, de tramas sangrientas y oscuras... Y llego yo con una costurera que se va a Marruecos, una espía encubierta. En ese sentido sí pude ir a contracorriente respecto a las tendencias del momento. En el resto, no soy tan distinta. 

­-El éxito de «El tiempo entre costuras» es una muestra del poder del pueblo. Triunfó gracias al boca a boca.

-Sí. Alguien compraba el libro o se lo regalaban, lo leía y al día siguiente lo llevaba a la oficina, a la peluquería, lo veía en el gimnasio, en la calle... La bola de la nieve no dejó de crecer gracias a la gente. Enseguida los medios os hicisteis eco y la editorial con las reediciones. Pero aún hay gente que no ha leído El tiempo entre costuras.

-¿Le pesa o le impone ser superventas?

-No. Como todo vino tan de pronto, me acostumbré a la etiqueta desde el principio y la llevo con naturalidad. Es cargante oír: «Si vende mucho, será que no es buena», pero lo compensa mucho tener lectores. A mí ese prejuicio no me quita el sueño.

«Me fascinan las mujeres normales y corrientes, las que son capaces de hacer grandes cosas sin preverlo»

-Sira nació con una crisis y regresa cuando afrontamos otra. ¿Le inspiran los contextos duros? ¿Lo tenía preparado?

-No, fue todo casual. Era frecuente que me dijesen: «¿Por qué no escribes una continuación?». Me lo preguntaba mucha gente. Fue todo inesperado e intenso. Llegó un momento en que Sira y yo estábamos saturadas la una de la otra. Escribir una novela con Sira como protagonista se me hacía cuesta arriba. Pero viajo mucho a Tánger y siempre vuelvo con la idea de que allí quedan mil historias por contar. Y pensé que, si volvía a Marruecos, sí tenía que ser de la mano de Sira, no podía ser de otra manera. Llevaba unos meses trabajando con ella cuando llegó la pandemia, este azote espantoso.

-¿La pandemia no debilitó su creatividad, la capacidad para escribir?

-Bueno, no estuve al 200 %, vi mi capacidad de concentración muy mermada, sobre todo al principio, cuando no podíamos quitar los ojos de las cifras de contagios.

-En «Sira» hacen buena pareja de baile la historia y la fabulación. Danzan juntas con naturalidad y ligereza, y nos llevan lejos de manera instantánea.

-Tengo mucho interés en que sea así. Yo no quiero escribir novela histórica. Uso la historia como trasfondo de una ficción. Pero hay tantos episodios en la historia interesantes, dejados en la trastienda de la memoria, que recuperarlos es una alegría. Y las vivencias de mis personajes tienen mayor acontecer en ese tapiz de la historia real. En Sira exploro la Palestina previa al nacimiento del Estado de Israel bajo dominio británico, voy al Londres posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando la ciudad está devastada y desolada y todo el pueblo inglés lucha por salir adelante. Venimos a la España del 47, una España hambrienta y sumisa que recibe la visita de Eva Perón... Y aquí tengo una deuda y debo pedir disculpas a Galicia. La visita de Eva Perón incluyó Galicia, que yo no integro como escenario en la novela, ¡porque ya no podía meter más cosas! Me quedó una espina clavada, la de reflejar esa visita a Galicia, que fue memorable. Algún día la contaré... Además, tengo un vínculo muy afectuoso con Galicia, amigas de muchos años que viven ahí.

-Hace un retrato admirado de Evita Perón, como una mujer valiente que se atreve a hacer lo que quiere. Y no olvida al peluquero de Madame Perón, Julio Alcaraz.

-En España la vemos como un personaje pintoresco, y tiene muchas luces y sombras, es muy interesante. Era una populista, pero con veintipocos años, sin ningún tipo de asesoramiento, elaboró un discurso en favor de los menos privilegiados muy sólido. ¿De dónde sacó esa fuerza esa mujer? Me fascina, como me fascina la visita que hizo a la España de Franco poniéndose el mundo por montera. Con qué descaro se atrevió a tratarle... Fue un soplo de aire fresco en aquellos años oscuros.

-Construye mujeres con carácter, que se atreven a dar el salto sin anunciarse.

-Pero no son mujeres que hayan nacido con alma de heroínas, son mujeres normales y corrientes a las que la vida un día les pone la zancadilla y a partir de ahí sacan de dentro un coraje y una audacia que ni ellas sabían que tenían, la ponen en marcha y se reconstruyen. Dan un paso adelante con una valentía que nos asombra. Ese es el tipo de perfil que me gusta, no la que nace con grandes ambiciones, propósitos y proyectos.

—Mujeres menos de novela y más reales.

—Sí, las que son capaces de grandes cosas sin preverlo. 

-En ese retrato podría encajar, a grandes rasgos, la mujer española de la posguerra?

—Sí, pequeñas heroínas silenciosas que hacen muchas cosas. ¡Menudo pedazo de mujeres! Y qué poco reconocimiento se les da muchas veces...

-La novela empieza con un guiño a «El tiempo entre costuras» que nos desconcierta: «Una máquina de escribir no reventó mi destino. Me equivoqué...».

—La vida le va poniendo a Sira por delante circunstancias difíciles, y ella tiene una gran capacidad de adaptación. 

-¿Se reconoce en la costurera?

—No creas que me reconozco mucho en ella. No intento crear, cuando escribo, personajes en los que reflejar quién soy yo. Sira es la suma de muchas mujeres, de entonces y de ahora, tiene características universales que superan el corsé de la época, del momento. Sira es una mujer con un gran sentido de la responsabilidad, de palabra, honesta, cumplidora, donde se pueden ver reflejadas centenares de mujeres de mi entorno.

-Nos hace viajar a lugares exóticos e inspiradores, con personajes reales muy interesantes, como Chaves Nogales, Eva Perón o Barbara Hutton, pero siempre con la adversidad y el desastre como contexto. Volver a los años posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial nos hace trascender y relativizar este momento que vivimos. Tiempos pasados fueron peores.

-Por supuesto. Piensa en la miseria y el hambre, y en las mujeres de entonces, a las que se pedía ser ángeles del hogar, una sumisión impuesta por los códigos morales, políticos y las circunstancias históricos. Aquellas mujeres sí necesitaban, no romper un techo de cristal, sino mil techos para ir hacia adelante.

-¿Una máquina de escribir reventó su destino?

-No [risas], mi destino está sin reventar, no ha habido cambios tan convulsos. Yo antes me dedicaba a la vida académica y ahora me dedico a la literatura, pero en el fondo sigo siendo la misma persona. Mi mundo ha cambiado un poco, por este cambio profesional, pero sigo teniendo los pies en el suelo. Sigo teniendo mi vida organizada como antes. No ha habido grandes volteretas que me hayan trastornado y me hayan convertido en otra mujer.

-¿Sigue sin tener mantras o talismanes, como nos decía hace unos años?

-Sí, es que soy muy pragmática, muy con los pies en el suelo. No me dejo llevar fácilmente por cosas más allá de las que creo sólidas, necesarias. No, no tengo amuletos ni talismanes...

-Es la mayor de ocho hermanos. Este «cargo» lo explica un poco todo...

-Sí, seguro que tiene algo que ver. El tipo de familia, de educación, la época de la que vengo. Esto hace que desarrollemos una mirada ante la vida que, a esta edad, es difícil alterar.

-¿Escribe como reveló que lo hacía Mercè Rodoreda, para gustarse un poco más a sí misma?

-No, no... En el fondo, lo veo como una responsabilidad profesional casi, suena frío, pero me propongo, en cada historia, un objetivo, que es construir una novela con la que quiero disfrutar y que disfruten los lectores. Pero no me veo entendiéndome yo a través de mis letras.

 -No la veo haciendo autoficción...

-¡No, no, yo no sería capaz de escribir autoficción!

-Las crisis son grandes oportunidades para el aprendizaje, dicen, y en su caso para la ficción. En sus novelas, con la crisis empieza la aventura que nos sacude y hechiza.

-Totalmente. Las crisis son buenas para el cambio, para la creatividad y en este caso también para la receptividad de los lectores. Y me incluyo, como lectora. En esta pandemia ingrata y espantosa la industria del libro ha sido de las pocas que casi no se han resentido. Todos teníamos ansias de leer. El libro ha sido un compañero de viaje magnífico.

-¿Habrá continuación también como serie, tiene ya previsto «Sira» el salto a la pantalla?

-Primero, que vuele el libro...

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