María Oruña: «Quería ofrecer un suave soplo de la magia que tenemos en Galicia»

María Oruña vuelve con un crimen y una leyenda, seguida de 200.000 lectores. La historia fluye en «El bosque de los cuatro vientos», que nos adentra en Santo Estevo de Ribas de Sil por la maleza del tiempo. «No sabía que el parador tuviese un bosque privado, ¡me alucinó!», revela

María Oruña, ante el parador de Santo Estevo de Ribas de Sil, que ha inspirado su nueva novela
María Oruña, ante el parador de Santo Estevo de Ribas de Sil, que ha inspirado su nueva novela

Les resultará familiar el paisaje, la manera de hacer, su lenguaje copioso, con retranca y con cuncas, que permite saborear la historia a la temperatura justa. La atmósfera de leyenda que recrea en su nueva novela María Oruña (Vigo, 1976) ensambla dos tiempos, el momento actual y el XIX, con la caída de la Iglesia y del Antiguo Régimen. Tras la serie superventas Puerto escondido, la autora deja Cantabria para volcarse en «un canto de amor a Galicia». Oruña nos lleva al corazón del bosque, al monasterio, hoy parador, de Santo Estevo de Ribas de Sil. «En Galicia tengo la sensación de que lo extraordinario se acepta de forma natural, como si todo atendiese a una lógica sabia y misteriosa», escribe en El bosque de los cuatro vientos. Soplan ya en librerías.

Con esta novela, Oruña vuelve a casa. «Yo soy de Vigo y nunca me he ido. ¡Muchas veces piensan que vivo en Madrid, no sé por qué...!», cuenta quien dice se mantiene fiel a la lectura de clásicos como Henry James y Agatha Christie, pero no pierde comba con sus contemporáneos. Uno de los últimos libros que ha leído, y le ha hechizado, es las brujas, del coruñés Celso Castro. A Ledicia Costas también la sigue de cerca: «Somos vecinas, desayunamos muchas veces juntas», revela quien defiende la personalidad propia de la narrativa gallega.

—«El bosque de los cuatro vientos» comienza con un crimen, pero atrapa sobre todo por su escenario y su leyenda. 

—El relato se sitúa en el parador de Santo Estevo, sin adentrarnos en la Ribeira Sacra, porque no era necesario en la trama. Nos vamos un poquito a la ciudad de Ourense y a Oseira, pero todo es centrarse en esa magia y esa forma de ser gallega. Yo, humildemente, pretendía que fuera un soplo de aire, como un reflejo en el espejo del misterio y la magia de Galicia.

—¿La leyenda de los nueve anillos de los obispos, que sigue el antropólogo e investigador de arte Jon Bécquer, existe?, ¿podemos seguir su rastro?

—En la novela es prácticamente todo real, salvo un par de licencias que me he tomado. La última constancia escrita de los nueve anillos está en el XVII; hay un rastro tremendo con el escudo de las nueve mitras por toda la provincia de Ourense, e incluso en Lugo. El poder de este monasterio fue grande. Por eso, ambienté la trama que más me apasionó de la novela, y la más difícil —por el lenguaje, las costumbres y los usos— en el XIX, que es ese momento en que la Iglesia cae después de tantos siglos. Hay un enorme cambio cultural y social, incertidumbre. Cuando ocurre la exclaustración definitiva, cuando el poder de la Iglesia se desmorona... ¿Qué hace la gente? Se intenta abandonar el Antiguo Régimen, pero cuesta. Hubo ese trienio liberal, pero volvimos otra vez al viejo régimen. Tenemos a Fernando VII, que es un rey desastroso. Galicia por entonces era reino, y había un caciquismo brutal en Santo Estevo. Así que es un momento histórico delicioso para contar, porque los personajes se enfrentan a fuertes vientos en sus vidas.

«Conocí el parador en los noventa, en ruinas. Yo era abogada y lo de escribir ni se me pasaba por la cabeza»

—¿El parador fue el inicio, el primer ingrediente de la novela?

—A finales de los 90, conocí el parador siendo ruina. ¡Me fascinó! Cuando vi aquello descomunal en mitad de la espesura, pensé: «¡Madre mía, ¿por qué aquí, y quiénes?». Luego descubrí la leyenda de los nueve anillos. Yo era abogada, y lo de ser escritora ni se me pasaba por la cabeza. Me fui a bibliotecas a documentar el misterio de los nueve anillos... Fui puerta por puerta, iglesia a iglesia, hablando con historiadores, farmacéuticos...

—¿Cuánto hay de documentación y cuánto de fabulación en su historia?

—En la novela he utilizado solo un 20 % de toda la documentación que he encontrado. Tengo torres de libros, entrevistas, de todo. Pero no quería que el libro fuese una recopilación histórica. Sería muy aburrido, restaría agilidad a la trama. He recorrido todo lo que me pudiera dar pistas y llegué a encontrar incluso un escudo con las nueve mitras en Parada de Sil. En el monasterio de Santa Cristina no había ningún rastro, a pesar de haber sido priorato de Santo Estevo, y, sin embargo, te adentras un poco en ese pueblo, en la antigua casa rectoral, que ahora es casa rural y restaurante, y ves nada más llegar un tremendo escudo de nueve mitras.

—¿El que visite hoy el parador de Santo Estevo reconoce sus descripciones?

—Sí, es así desde la visión de la autora. Yo no sabía que había un bosque privado en el parador. Fui hasta San Juan de Cachón, a las ruinas de una ermita al lado del río, y al bajar vi un muro que debía de tener 300 o 400 años que rodeaba algo que no sabía qué era... Tras un recorrido de dos horas, subo, vuelvo al parador, pregunto y me dicen con toda la naturalidad: «¡Ah!, ese es el bosque privado». Después descubrí por qué no aparecía registrado en ningún sitio, y es que estaba cubierto por la espesura. Los árboles son enormes, hay tanta vegetación, todo cubierto de musgo... Aluciné. Entras en el bosque y dices: «Aquí no hay tiempo». Hay una parte de la novela en la que se llega a las antiguas canalizaciones de agua, que son de 1641. Me costó encontrarlas, pero di con 400 metros de túneles en mitad del bosque. Además de un canto de amor, la novela es un reclamo del patrimonio histórico, civil y religioso que tenemos.

—¿Lo apreciamos como deberíamos?

—¿Se invierte lo suficiente en ello? Los álter ego de Amelia y Quijano (en la novela) existen en realidad. Cuando veo lo que los restauradores de arte tienen que rescatar de parroquias olvidadas, comidas por la maleza, para rescatar un relicario del siglo XV o XVI... Todo está ahí como sin darle importancia, ¡y luego cogemos aviones para ir a Turquía!

—¿Hay mucha joya, mucha reliquia milenaria aún por descubrir en Galicia?

—Sí. Por ejemplo, cuando entré en el museo que hay en la catedral de Ourense vi que había anillos de valor sin etiqueta.

—En la maleza del olvido...

—Sí. ¡Pero cómo pueden tener en el trastero estas piezas de hace siglos!

«El mundo de los coleccionistas privados es increíble. Funcionan  como una élite secreta»

—Jon Bécquer, «el Indiana Jones del arte», es con Marina el personaje de más peso en la novela. ¿Bécquer por el poeta?

—Es un guiño. Rosalía de Castro [una cita suya abre esta historia] era coleguita de Bécquer. El personaje está inspirado en el investigador de arte Arthur Brand, que fue el que encontró el anillo de Oscar Wilde y la corona etíope de la que habla la novela. El mundo de los coleccionistas privados es increíble. No sabemos todo el patrimonio que está en manos privadas, funcionan como una élite secreta.

—Marina es en la novela la mujer que rompe el molde, las costuras de su época.

—Con Marina la idea era dar un punto de vista femenino pero que fuese con su época. Marina no va a ser una heroína como a nosotros nos gustaría, acata lo que dice su padre; no rompe la baraja, pero deja caer la gota de agua que rompe la capa de la superficie, y abre camino a las que vienen. En ese bosque de los cuatro vientos todos somos conscientes de nuestra humildad, todos nos sentimos diminutos.

—¿Existen los fantasmas?

—Existe la espiritualidad, la energía. Y hay objetos de las personas que portan su memoria. En la novela nombro un cuadro que me fascinó de pequeñita, Habitación do vello mariñeiro, de Lugrís, que es el retrato de una persona sin la persona. En los objetos queda cierta esencia de quien los tocó, tienen una historia que contar.

—¿Qué objetos la retratan? ¿Cuál sería su habitación de Lugrís?

—Motivos quizá no tan literarios, como mi portátil... fotos familiares, muchos libros y planos, restos y recuerdos de viajes. Cuando la gente viene a mi casa noto que curiosean. En esas cosas se nota lo peliculera que soy.

«Lo del autor como marca está bien, pero lo importante es el libro. Que el libro esté vivo, si en vuestras manos hay magia»

—¿Tiene una personalidad propia la novela que se hace hoy en Galicia?

—Los gallegos tenemos una forma de escribir muy particular, por la musicalidad. A mí me dicen mucho: «¡Cómo se nota que eres abogada y que eres gallega!». Y eso me hace sentir orgullosa.

—¿Le pesa el nombre, la expectativa que despierta como autora «bestseller»?

—A mí no me conocía nadie, ni el bibliotecario de mi pueblo. Puerto escondido ha crecido gracias al boca oreja, a los lectores. Me siento agradecida. Lo del autor como marca está bien, pero lo importante es el libro. No importo yo, sino la historia, el libro. Que el libro sea el que brilla si vale la pena y puede perdurar, si la historia está viva, si en vuestras manos hay magia. 

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