La nostalgia que dejan los imperios


Menuda está cayendo sobre Roma. Mientras paseaba por el Cementerio de Verano de esta fascinante ciudad entre tumbas y cipreses y palmeras secas —que no tenían sentido allí a no ser que fueran una metáfora de una vida eterna en la que lo exótico fuera lo cotidiano para los muertos que quizás vivieron una existencia gris y recurrente de árboles de hoja caduca— unas nubes fueron cubriendo el cielo. Yo me alegré pensando que algo debería debilitar ese sol atroz que es el enemigo de los caminantes sin rumbo. La tormenta era una posibilidad, pero siempre son pasajeras, pensó mi optimismo, que viene de serie, como la tendencia a engordar y el pelo blanco a los treinta.

Empezó a llover justo cuando acababa de subirme al tranvía. Me hubiese ido a cualquier lado con tal de sentarme un rato o de sentir esa sensación de que otro está al timón. Ser una friki es cansado y, total, no me topé con Natalia Ginzburg ni con Marcello Mastroianni. Mejor. Me habría subido a la tumba y habría gritado como Anita Ekberg en la Fontana di Trevi, en aquella película maravillosa que describe el sinsentido de la vida aunque seas guapísimo y periodista de éxito y vayas a todas las fiestas con estilo de una ciudad como Roma, que es el Estilo.

Los romanos se pueden permitir el lujo de tener las aceras rotas y las paredes desconchadas y acumular basura sin recoger en cualquier esquina. Si le afeas el gesto te dirán que tú necesitas orden y limpieza porque no eres nadie y ellos, al lado de un mercado mugriento, tienen una muralla o un acueducto o unas columnas que ya no sostienen nada, pero tienen pasado y belleza. No les falta razón.

Me bajé cerca del Coppedé, un barrio de principios de siglo pasado diseñado a lo grande y lo moderno antes de que llegara la normalidad. En la serie Suburra vive allí uno de los concejales de la ciudad hasta que lo asesina la mafia. El corrector se empeña en poner magia. Quizás la magia de esta ciudad es esa nostalgia que arrastran los que han sido imperio.

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