El amor según Google

La librera y editora Mercedes Corbillón, firma invitada de Fugas


Es domingo, en Compostela llueve y yo estoy en casa sola, en pijama, poniendo lavadoras, tomando café con tostadas, sacándole las hojas muertas a las plantas y pensando en el amor. Parecía fácil cuando me lo pidieron, un texto sobre el amor, el gran tema de la literatura y de la vida -con permiso de la muerte-, pero una vez que estoy frente al papel en blanco me doy cuenta de que es más fácil hablar de amor que hablar sobre el amor. Muerdo el boli, como cuando estaba en un examen y me devanaba los sesos para esparcir mi ignorancia en muchas líneas. Cualquier cosa menos el vacío. ¿Realmente no tengo nada que decir sobre el amor? ¿En qué me inspiro? ¿Lope de Vega?, ¿Rubén Darío?, ¿Benedetti? Qué antiguo todo. ¿Será que pienso en el amor y mi disco duro se detiene en la adolescencia?

Mejor dejo la mesa y voy a tender la ropa. Cuelgo mis bragas, parecen pájaros negros sobre el tendido eléctrico. Suena la música. Quien quiera saber qué es el amor que escuche canciones. Miro por la ventana. Mi barrio parece un camposanto, el agua corre por la piedra, en el tejado de la iglesia crece la hierba. Aunque no me queda ni un solo calcetín desparejado sigo sin ideas.

Entro en Google para buscar información. La definición de la RAE, una consejera de youtube, el secuestro de un libro que lleva la palabra en su título, el horóscopo, la wikipedia. Nada me vale. Si le pones distancia, hablar sobre el amor resulta aburrido.

¿A quién le interesa la explicación científica cuando sientes que una boca es el último lugar habitable de la tierra?

No llegué al amor por las canciones, llegué por la literatura. El amor era un libro abierto en un cuarto de baño en la madrugada, mi hermana durmiendo en la cama gemela, la casa en silencio, el sauce moviendo sus ramas como una Medusa de jardín, una adolescente llorona sentada en el mármol, y Marco Antonio muriendo en brazos de Cleopatra.

El amor, mientras sucede, es difícil de creer. Y si no estabas allí, difícil de contar. Cómo explicas el olor de esa piel, o la electricidad de esa voz o la tensión en todos los músculos y la revolución de las neuronas, la falta de aire y las palabras que no llegan, los temblores, el sudor por tu espalda en un día de frío.

Y cómo explicas la desaparición del mundo.

A Marco Antonio se le desapareció todo, su ejército, sus hijos, su esposa , sus enemigos, se le desapareció la mismísima Roma. Seguramente antes de ir a Egipto, el general romano no perdía el tiempo con algo tan banal como el amor. No creo que hiciese juego con su espada.

El amor tiene algo de místico, se aparece como una virgen a la que no has convocado. No crees en ella y sin embargo una vez que la ves la veneras.

¿Qué otra cosa puedes hacer?

Solo queda sucumbir a esa sensación de infinito, agarrarse a Blake y sentir la eternidad en un instante, olvidar la fugacidad de algunas estrellas.

Llueve despacio, con la cadencia infinita que toma el tiempo cuando esperas y amas. Como si fueran atrezzo para mis pensamientos un hombre y una mujer se besan bajo mi ventana. Están apoyados en la piedra del ábside. Enroscados como serpientes. Un millón de gotas de agua brillando en sus cabellos. Parecen conectados a una fuente de energía que solo ellos conocen. De vez en cuando abren los ojos y se miran estupefactos, como si el mundo después de ese beso fuera un lugar desconocido, como si estuvieran asistiendo a la creación de un nuevo universo. «Tú y yo somos polvo de estrellas y juntos formamos una nueva galaxia», dice él. Ella niega con un movimiento de cabeza. «Solo somos amantes que se aman».

Cierro la ventana y los dejo allí, donde quiera que sea su reino. Me desplomo en el sofá y pongo el telediario.

El mundo se derrumba y ellos -nosotros- nos enamoramos.

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