El poder de la Oscuridad

Enríquez sirve una novela de género que desborda el terror sobrenatural para indagar la raíz del mal y los años de plomo de la dictadura argentina


Con Nuestra parte de noche, está el lector ante una de las grandes novelas del año 2019 en el ámbito del mercado hispanohablante. Podría discutirle este reinado otra mujer, Valeria Luiselli, con su Desierto sonoro (Sexto Piso), con la salvedad de que la autora mexicana decidió redactarla en inglés -es verdad que la reescritura del texto que hizo en español con la ayuda de Daniel Saldaña París es igualmente poderosísima-. Alguien puede pensar que el golpe de cruda realidad de Luiselli (Ciudad de México, 1983), y su dura historia sobre los migrantes centroamericanos en EE.UU., tiene que poseer más valor que una nueva narración de Mariana Enríquez (1973) en el universo del horror sobrenatural. Pero es que la autora bonaerense excede en mucho la mera incursión en la literatura del género de terror, que desborda -con medido, minucioso y excesivo genio- para, con una peculiar saga familiar, indagar la raíz del mal más terrible y los años de plomo de la dictadura argentina.

Es Nuestra parte de noche un trabajo ambicioso que exige al lector un compromiso consciente -ocurría también con Desierto sonoro, quizá menos convencional-, ya que el relato tarda un poco en entrar en calor mientras padre e hijo emprenden desde Buenos Aires un pesadillesco viaje hacia el norte, hacia la provincia de Corrientes, a orillas del río Paraná, allá donde confluyen las tierras agrestes de Argentina, Paraguay y Brasil. También el viaje era vital en Luiselli. Y ahí rematan las alusiones al fenomenal libro de la mexicana, porque la novela de Enríquez puede -y debe- explicarse por sí misma. Así lo cree el jurado del premio Herralde -que incluía al profesor Gonzalo Pontón Gijón, los escritores Marta Sanz y Juan Pablo Villalobos y la editora Silvia Sesé-, que la señaló entre las 680 obras presentadas a la 37.ª edición del galardón convocado por el sello Anagrama. «Si toda novela es un espacio que habita el lector, esta -decía Villalobos- es una mansión sombría donde caminamos a tientas, desconfiando de las paredes, nos perdemos en sus laberintos subterráneos y atravesamos puertas que nos conducen a otros mundos; pero en este espacio, en el que exploramos los territorios de lo gótico y del horror, también hay jardines de flores extrañas: la ternura que implica todo sacrificio, incluso el de los rituales; la lealtad tiránica que nos exige la verdadera amistad; la violencia que debemos oponer para librarnos de las maldiciones de la herencia; el abandono que supone entregarse a la búsqueda de la verdad, por oscura que sea, y que representa una de las formas más sublimes del amor», anotaba certero el escritor mexicano, que a lo mejor exageraba al enmarcar la novela en «una estirpe de obras tan disímiles, pero igualmente ambiciosas y desmesuradas, como Rayuela, Paradiso, Cien años de soledad o 2666».

Debe insistirse una vez más en que Enríquez se legitima sola sin necesidad de recurrir a Luiselli, Cortázar, Bolaño, Lezama Lima o García Márquez. Porque ha servido una novela que bebe de las fuentes populares para sumergirse en un submundo de rituales satánicos, sectas, visiones, espíritus, fantasmas, médiums... y levantar una mitología muy negra pero muy convincente, con una extraña naturalidad, tan perturbadora como ajustada en su arquitectura. En buena lid, el acierto de la autora se cimenta sobre la ambición, la crueldad y el poder, ansias demasiado humanas que encuentran perfecto acomodo en una defensa perversa de los privilegios de clase que va felizmente de la mano del régimen militar y sus tropelías, sus secuestros, torturas, violaciones, asesinatos y desaparecidos. El equilibrio entre el poder inmanejable de la Oscuridad y las fuerzas del mal terrenales confiere vigor al relato, cuya argamasa es, sin embargo, una excelente escritura y una nada despreciable carga poética sutilmente manejada.

EL AMOR Y LA AMISTAD

Frente al ominoso acoso del mal, insaciable, orgiástico, pocas herramientas le quedan al hombre, al padre, al médium, Juan Peterson, forzado a participar en el circo, en esta cárcel, por su talento natural, innato, por sus capacidades extrasensoriales, aptas para las comunicaciones con la Oscuridad, para convocar a ese dios salvaje, para oficiar el Culto de la Sombra. Solo el amor, los lazos paternofiliales, la amistad pueden plantar una cierta batalla. Y él quiere enfrentar esos demonios para salvar a su hijo, el pequeño Gaspar, huérfano de madre -Rosario, cuyos recuerdo y presencia persisten como una guía pese a que su espíritu fue enclaustrado- y acechado por una familia que no sabe lo que es la compasión. Los abuelos únicamente quieren gozar de su enfermizo poder de coquetear con el señor del averno y sospechan que el niño ha heredado las cualidades de su padre (de quebradiza salud) y puede garantizar el futuro de la mafiosa congregación, la Orden.

Más allá de lo gótico, que es maravillosamente arrollador, de absorbente tenebrismo, la novela funciona como un retrato bizarro -pero retrato al fin y al cabo, y en modo alguno desdeñable- de la Argentina del tiempo de la Junta Militar y años siguientes, con alguna excursión al Londres de la década de los sesenta.

«Nuestra parte de noche»

MARIANA ENRÍQUEZ

EDITORIAL ANAGRAMA PÁGINAS 672 PRECIO 22,90

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