Paula Bonet: «El aborto es tabú, hay que empezar a nombrarlo»

En su último libro le escribe a la hija que no tuvo. «Roedores. Cuerpo de embarazada sin embrión» es el autorretrato de una mujer que se rebela, que nombra una realidad de la que no se habla. El feminismo ya no se queda esperando en casa


La vida cambia en un instante. La artista castellonense Paula Bonet (Vila-real, 1980) trabajaba con Claudio López Lamadrid en la nueva versión del libro de Joan Didion, «El año del pensamiento mágico», cuando el editor de Random House se fue, de repente, por un infarto cerebral. Las palabras de Didion cobraron un brutal e inesperado sentido.

-¿Quién fue para usted Lamadrid?

-Ha sido el que me ha hecho ver, sin decírmelo, que mis textos no necesitan imágenes, que tienen entidad literaria. Su capacidad para hacerse invisible y que su talento acabara en el libro de otro era una maravilla bestial. Ha hecho mejores nuestros libros.

-En «Roedores, cuerpo de embarazada sin embrión», hay esas dos partes.

-La ilustrada, el acordeón, la estaba pintando como un libro infantil, el que le iba a leer a mi hija. Durante la edición, vi que era un autorretrato. El de una mujer aterrorizada por su primer aborto espontáneo y que sentía que iba a haber un segundo.  El texto, que se publica de forma independiente gracias a Claudio, fue más consciente. Revisé los diarios desde el primer embarazo. Tejer esa historia fue más doloroso. No quería que fuera un libro descriptivo, que busca el consuelo. Quería incluir al mayor número de mujeres posible. Se cuenta más en las elipsis que en lo escrito.

-¿Cuál es el hilo conductor?

-En ambas hay un autorretrato de una mujer que no entiende, que se hace preguntas, que se cuestiona el sistema y se rebela contra él. Que quiere nombrar esa sonoridad real que desde el último 8 de marzo estamos inhalando.

-¿Por qué roedores?

-A mi hija la llamaba ratona, así que le escribí la historia de todos sus familiares [sonríe].

Claudio López Lamadrid me hizo ver, sin decírmelo, que mis textos no necesitan imágenes

-¿Hay hueco para la belleza?

-En los dibujos no se tocó el original. Lo valioso es la estética. Es un animalario del terror, con trazos agresivos y una paleta apagada. Hay belleza, pero no la que se asocia a lo convencional.

-¿Por qué la publicación?

-Porque el aborto es tabú y lo que no se nombra no existe. Tanto los abortos espontáneos como los provocados o parir a un hijo muerto. No forman parte de las conversaciones de las mujeres. Deberíamos estar preparadas para enfrentarnos a esta realidad, tenemos que nombrarla. Es muy frecuente. 

-Falta léxico y sobra culpa...

-Sí, nacemos con ella, nos la inculca el judeocristianismo. Incluso médicamente. Hasta los tres abortos, en la sanidad pública no analizan por qué suceden. La responsabilidad solo gira en torno a la mujer cuando la causa puede estar en el otro lado.

El aborto es tabú y lo que no se nombra no existe

-¿Le llegan muchos mensajes?

-Los más emocionantes son los que me trasladan en las presentaciones del libro, en la fila de firmas, donde la gente se abre. Me han llegado historias atroces. Roedores es una historia global. Deberíamos compartir estas experiencias, estar preparadas, menos solas. Sentir que no tienes una tara.

-¿Qué más desconocemos?

- En Santiago de Chile, en un taller de narración visual, un grupo de autoras y autores chilenos explicaron que cuando les preguntaron a las mujeres sobre sus genitales, la gran mayoría no tenía ni idea de lo que tenemos entre las piernas. Y no hablo solo del aspecto sexual.

-Por ejemplo... 

-Desconocía modos de hacer muy básicos de mi cuerpo, como la ovulación. La medicina avanza pero, hasta hace muy poco, se ha centrado en ejemplares masculinos. No solo no estamos en la literatura como sujeto en las grandes obras, tampoco somos ese objeto que se analiza.

-¿Por qué cuesta alzar la voz?

-Tenemos miedo a equivocarnos. No solemos hablar en público. Cuando empecé a tener cierta repercusión pública, en muchas mesas redondas era la única mujer. En alguna ocasión hicieron mención a mi físico, intentaron desprestigiarme. Sentí ganas de irme a casa, de abandonar. Pero entonces me di cuenta de que eso es lo que se busca, que volvamos a recluirnos en el espacio privado, en el ámbito doméstido. ¿Molesto? Pues voy a seguir. Siempre recomiendo leer Los hombres me explican cosas, de Rebecca Solnit.

-¿La faceta de activista feminista se está imponiendo a la de la artista?

-Es la misma. Cualquier autor, hasta cuando dice que no se posiciona, lo hace.

-Estos días expone en Granada los originales de «813», su libro a Truffaut. ¿Por qué esa admiración?

-Quería devolverle todo lo que le había robado, me obsesioné con sus películas. Y qué suerte que fuera él. Creo que es uno de los mejores lugares en los que podía caer. Cuando lo hice, en el 2015, fue en un momento en el que el primer libro, Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End, estaba teniendo un éxito superficial. Creo que funcionó muy bien porque la gente no lo leyó, solo se fijó en que era muy bonito. En 813 intenté que el contenido se cargara la forma, luego busqué el equilibrio, que ningún dibujo fuera tan bonito para funcionar de forma independiente, sino un vaso comunicante, como las películas de Truffaut.

Cualquier autor, hasta cuando dice que no se posiciona, lo hace

-Con Claudio López Lamadrid ultimaba la versión ilustrada de «El año del pensamiento mágico», de Didion.

-Tengo ganas de que llegue mayo y se publique. Después, quiero encerrarme en el taller y pintar.

-¿La Madriguera es su habitación propia para crear, como decía Woolf?

-Es imprescindible tener ese espacio. Yo, por fin, tengo mi propio taller.

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