Estos clásicos pintan muy bien

Jane Austen y Emily Brontë han caído, y revivido, en manos de Sara Morante. Frida Kahlo o David Bowie, en las de María Hesse. Simone de Beauvoir ofrece un paseo a todo color gracias a Malota, e Iban Barrenetxea ha dado a Roald Dahl y Arthur Conan Doyle un nuevo y particular aspecto. Esta es la mejor cara de las grandes letras


Las letras tienen cada vez mejor cara. En toda librería que aspire a abrirse un hueco en Instagram y atrapar miradas, hay un rincón generoso de literatura ilustrada. El cuidado en la edición y la apuesta por la mano de autores gráficos parece la manera de marcar la diferencia (entre libro de consumo y libro regalo) e insuflar a las grandes letras aires de futuro.

Junto a la novedad, respiran clásicos de aire tan fresco como las novelas de Austen (ahí tienen Los Watson o Lady Susan) o los relatos de Roald Dahl o Arthur Conan Doyle. La Cata y La liga de los pelirrojos han pasado la prueba de la implacable ironía de Iban Barrenetxea (Elgóibar, 1973).

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Es difícil traducir a números la ola de personas que han crecido del brazo de las March. Mujercitas atrapó, entre otros, a Simone de Beauvoir. «Fue Louise May Alcott con Mujercitas quien me procuró una perspectiva positiva de mi destino como mujer», dice en sus memorias, Éramos unos niños, Patti Smith. Las March pisan fuerte en una edición de Alfaguara ilustrada por María Hesse, y brillan en Lumen dibujadas por Riikka Sormunen, con prólogo de Elena Medel.

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Emily Brontë ha llegado este 2018 a bicentenaria con una fiesta de ediciones. Cumbres borrascosas tocan el cielo en el sello Tres Hermanas. Y adquieren nuevas cotas en la edición de Alma, ilustrada por Sara Morante (Torrelavega, 1976). ¿Cómo se pinta un clásico?, le pregunto. «Leyendo. Requiere un proceso de documentación y selección. Yo, como ilustradora, soy sobre todo lectora. Mi trabajo comienza cuando acaba la lectura», dice Morante, que ha debutado en la escritura con La vida de las paredes. «Ilustrar un clásico es una manera de viajar en el tiempo. Yo aprendo de cada libro que ilustro, y cotilleo en las vidas de sus autores...», cuenta quien empezó en el 2008 en la ilustración para adultos y ha reinventado, a su manera, Los zapatos rojos de Andersen (hasta tienen a Amy Winehouse por medio).

A Morante, amante de la ambigüedad en los textos y de sus rincones oscuros, le ha sorprendido Cumbres borrascosas. «La cabeza de Emily Brontë, su libertad. Yo tenía un prejuicio sobre el libro, por la intoxicación que ha provocado su visión como una novela de amor decimonónica, quizá por el hecho de que la ha escrito una mujer. ¿No puede hablar una autora de los 40 años de venganza de un señor? Cuando se editó el libro, ella tuvo hasta que disculparse», advierte Morante.

«Para ilustrar a Simone de Beauvoir o Virginia Woolf, hay que documentarse, ver imágenes suyas, conocer su historia, leer sus textos y tratar de tener un visión de cómo fueron», responde a Fugas Mar Hernández, Malota, que ilustró Mamá, quiero ser feminista, de Carmen G. de la Cueva. «Fue nuestro primer libro con Lumen y fue Carmen la que propuso mi trabajo», revela la ilustradora de Un paseo por la vida de Simone de Beauvoir, entre los más vistosos del escaparate esta temporada.

¿Qué vínculo establece el ilustrador con el texto que ilustra? «Puede sonar vanidoso si lo digo yo..., pero lo dijo Patricia Esteban Erlés, con quien hice Casa de muñecas: ‘Sara Morante se va a vivir a los libros que ilustra’», cuenta. Los habita a su manera, poniendo papel pintado en las paredes, abriendo cajones, soltando prendas.

Un clásico ilustrado tiene, al menos, dos puertas.

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