«Cuando llegas a los 40 años ya no hay excusas»

¿Qué se ha perdido en las últimas décadas? Los personajes del filme «Casi 40» pasan lista: los mapas, las cabinas, las cartas... el amor. David Trueba retrata una generación que vive una doble crisis, la del país y la que trae cumplir años

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A casi un año de cumplir los cincuenta, David Trueba (Madrid, 10 de septiembre de 1969) estrena hoy Casi 40, una road movie en la que se reencuentra con los actores de su primer largo, La buena vida, los entonces también debutantes Lucía Jiménez y Fernando Ramallo. Aquí interpretan a una antigua cantante de éxito en una gira por librerías que le ha organizado su amigo de la infancia: a la crisis del país se superpone la propia de la edad adulta.

-¿Por qué «Casi 40» y no «Casi 50»?

-Es una buena pregunta y es importante clarificarla. Hay que tener cierta distancia con las cosas. Me encanta esa explicación de Leonardo Da Vinci de que para pintar a una persona de cuerpo entero tienes que situarte a dos veces la distancia de su cuerpo para mirarlo. A partir de superar esas edades y ver a otros que llegan, es el momento de hablar y ver si has sido fiel a lo que te planteabas, si has fracasado en lo que buscabas. Lo peor suele ser casi siempre la idealización del pasado. El pasado te acompaña, pero no puede ser la justificación de tu presente.

-No sé si es cierta o apócrifa la atribución, pero se cuenta que Gil de Biedma se preparó a fondo para la crisis de los 40, que apenas notó. Pero decía que los 41 fueron terribles...

-Suele ocurrir. Te preparas para unos obstáculos y viene otro distinto. Sí que es una crisis emblemática. Lo que es importante de los cuarenta es que miras hacia adelante y ves mucho, pero miras hacia atrás y también ves mucho. Ya no hay excusas. A los veinte aún las tienes, a los treinta aún dices, bueno, puedo cambiar, reformarme, ver las cosas de forma distinta, sentar la cabeza, lo que quieras. A los cuarenta empiezas a no tener tiempo. Lo tienes, claro, pero para las grandes decisiones dejas de tener excusas.

-¿Se parece hoy la crisis de los cuarenta a la de hace diez o veinte años? Habrá cuestiones que sigan igual: tener hijos o no, los padres, el trabajo...

-Se siguen viviendo y de manera más espectacular porque hay una gran precarización. Antes no era tan habitual que alguien a los cuarenta viviera en la inestabilidad laboral, incluso familiar, si la ha formado o no. Y ahora es muy habitual. Con un contrato temporal tras otro hay mucha gente que no se puede plantear tener familia y todo se retrasa muchísimo con respecto al calendario biológico. Y esto crea unas neurosis generacionales que no existían hace 25 años.

-El personaje de Ramallo enumera cosas que han desaparecido de su vida al frisar los cuarenta. Y dice que el amor se ha esfumado. ¿Exagera?

-Bueno, esa frase es interesante porque obviamente es del personaje. Sería un error convertirlo en algo que sea de mi pensamiento. Pero a veces miro a mi alrededor y veo una sociedad tan exhibicionista, tan individualista y tan egoísta, que me pregunto si va a ser posible la supervivencia del amor tal y cómo se ha entendido. Efectivamente, existen las relaciones y los enamoramientos, pero no sé en qué medida siguen siendo una expresión del yo. Nos gusta que nos quieran. Y el amor no es exactamente eso. Una vez un amigo me dijo que el amor es imposible en la época del teléfono móvil, que ya no es lo mismo. Nunca me había parado a pensar en una cosa así. La espera, el tiempo, la fabricación del sentimiento, el ritmo que tiene que tener el sentimiento para asentarse en uno... todo eso lo hemos acelerado tantísimo que se generan relaciones de usar y tirar.

-El móvil mató las cartas de amor.

-Una de las consecuencias del móvil es la aceleración. Parece una chorrada, pero el estar hiperconectados hace que la conversación sea inmediata. Ya no hay tiempo de espera. Tampoco quiero ser tajante. Todo esto son preguntas que me hago, porque no estoy seguro de las respuestas. Cuando alguien te gustaba había un tiempo en que te planteabas cómo ibas a poner en escena esa petición y existía también un tiempo de espera para la respuesta. Ahora todo se resuelve al momento en el móvil. Ya está. A veces incluso es muy brutal: La gente prácticamente dice: «¿Follamos? Sí. O no». ¿Dónde se queda la construcción del amor? Y ocurre en otros ámbitos de la vida, donde todo se ha vuelto de usar y tirar. Las personas no somos de usar y tirar. Uno no puede tratar así a un trabajador: había una fidelidad entre empresario y trabajador, una identificación del trabajador con la empresa en la que llevaba tanto tiempo. Eso ya casi no existe. No te puedes identificar con nada porque prescinden de ti.

-Hay otras cosas que se ha llevado el tiempo y que se citan en el filme: las cartas, las cabinas, los mapas... parece que no, pero estamos en otro tiempo.

-Claro, es así. Nadie sabe coser o arreglar nada porque todo se cambia. Cambia el paisaje en el que vives. Y uno está muy apegado a su paisaje. Cuando uno vuelve al barrio de infancia o juventud y ve lo que ha cambiado, de alguna forma es como si le hubieran pegado un golpe. Y tecnológicamente el cambio ha sido brutal. Genera unas angustias y no sabes dónde estás.

-Un momento irónico pero clave del filme es en el hotel, cuando Fernando se da cuenta de que han robado las pilas del mando a distancia. ¿Cuándo se dio cuenta de que eso ocurría?

-No había reparado en ello. Había encontrado cosas raras como mandos a distancia atados con cadenas, pegados con celo. Un día tuve una conversación con el dueño de un restaurante que me contó que le habían robado los ceniceros, consolándome quizá por el pirateo que había en la música y el cine. «Es una sociedad acostumbrada a robar», me decía. Y yo le dije que por qué decía eso, si la sociedad española era fantástica. Le robaron los 250 ceniceros en un mes. Uno aprende mucho de preguntar y de hablar con los demás. Tenemos cierta tendencia a mirarnos el ombligo, nuestras profesiones, pero los demás tienen exactamente los mismos problemas y desafíos, y ver cómo los afrontan te ayuda a entender y relativizar los tuyos, y sentir una empatía por la sociedad. No nos hemos sentado a pensar si esto es una cuestión de carácter, de moral de país.

-La gente pone a los políticos en la picota, pero luego, en su día a día, ve de lo más normal esos hurtos. O aparcar en la plaza de minusválidos...

-La gente va dando lecciones de moral en público, pero otra cosa es en privado. Mirad a vuestro entorno y dejaos de hogueras donde quemamos a los pecadores y vamos a mirarnos un poco más cerca. Eso nos hará mejores personas y el entorno en que vivimos.

-Y este linchamiento que tanto se da en las redes sociales...

-¡Buf! Reproduce lo peor de la Edad Media. Como se hace con la tecnología más rutilante parece que no, pero no tenemos nada que envidiarle a la sociedad medieval. Con todos los avances que tenemos seguimos comportándonos así y quizá un poco más. Y esa demostración de que el robo no es solo de los políticos, que a mí me molesta mucho, porque ¿cuánta gente estaría dispuesta a someterse al mismo escrutinio que pasan los políticos? Obviamente, en su caso es mucho más grave, porque son representantes públicos.

-La sensación que transmite «Casi 40» es que con la crisis todo parece haber menguado. Todo se hace a una escala más pequeña...

-Una de las cosas que han pasado en los últimos años es el peligro de desaparición de la clase media. Era gente que antes sobrevivía en esa zona media. Ahora es o los grandes éxitos o la nada, las grandes fortunas o la miseria, triunfar en Internet, ser un Steve Jobs o un Zuckerberg o ser un don nadie.

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