«La La Land» es una declaración de amor a la meca del cine. A una ciudad, Los Ángeles, y al Hollywood clásico. A los decorados de cartón piedra que encierran las escenas de películas icónicas como «Casablanca». A los sueños que provoca el cine
20 ene 2017 . Actualizado a las 12:42 h.Hubo un tiempo en el que la magia estaba en la puesta en escena. En un puñado de enormes canciones. Las componían Gershwin, o Cole Porter. Las coreografiaban Jerome Robbins o Gene Kelly. Se rodaban en blanco y negro, con sombrero de copa y largos vestidos de noche. O en color, con las manos en los bolsillos y vaqueros. Hubo un tiempo, que duró décadas, en el que decir «musical» era garantía de salir del cine con ganas de bailar, de disfrutar. ¿Pero hay vida para el género más allá de Ginger Rogers y Fred Astaire, de Vincente Minelli, de La calle 42, de West Side Story, de Sonrisas y Lágrimas y My Fair Lady, más allá de las fantasías locas de Busby Berkeley en los años 30 y de hitos más recientes como Cabaret y All that Jazz? La industria lo ha intentado durante los últimos años, con algunos éxitos de taquilla creados en la sala de montaje, pero ha tenido que llegar un jovencísimo director para apostar por crear un musical moderno a partir del lenguaje más clásico.
Homenaje al cine
La La Land (La ciudad de las estrellas) es una declaración de amor a la meca del cine. A una ciudad, Los Ángeles, y al Hollywood clásico. A los decorados de cartón piedra que encierran las escenas de películas icónicas como Casablanca. A los sueños que provoca el cine.
Y parte de ese homenaje que se ha marcado Damien Chazelle con este musical que huele a Óscar es, precisamente, recoger la fórmula más clásica del género para devolverle la modernidad. Si películas como Moulin Rouge, Chicago o Nine, por citar tres de los últimos intentos de renovar el musical, son fruto de un montaje muy medido (y que provoca una artificialidad difícil de digerir), Chazelle defiende la puesta en escena: la planificación como en el atasco que abre la cinta, la secuencia de la fiesta, el planetario. Así, hasta un cierre que remite inevitablemente (a otro nivel, claro) a los grandes números puramente musicales de obras maestras como Cantando bajo la lluvia o Un americano en París, y que aquí se convierte en uno de los mejores finales de una película de los últimos años. Redondo, melancólico y veraz.
Una nueva generación
Los puristas pondrán el grito en el cielo, pero ya se adelantó a la vuelta a cierto tipo de musical clásico la factoría Disney (de la que salió precisamente Ryan Gosling, Sebastian en La La Land). El gigante, en su afán de absorber nuevos públicos, estrenó en el 2006 la saga High School Musical. Valor cinematográfico y originalidad discutible, pero sin duda la puerta de entrada de toda una nueva generación, muy joven, al lenguaje del musical. Niños y adolescentes que probablemente no han visto una sola película de Fred Astaire, pero que no se sorprenden si todo un instituto se arranca a bailar.
Porque a Hollywood le gustan los musicales, aunque entre el Óscar a la mejor película de Oliver! (Carol Reed) en el 68 y la siguiente cinta del género que se llevó el premio gordo pasaron 34 años. Tuvo que llegar el aparatoso y bastante hueco Chicago en el 2002 para repetir hazaña. Y desde ese éxito (también de taquilla), la industria intentó repetirlo sin ideas originales, sino con calcos de producciones de Broadway: Mamma Mia, Los Miserables, Nine, Hairspray o Into the woods son algunos de los ejemplos que, con desigual resultado, han tratado de devolver brillo a un género que parecía acabado.
¿Supondrá el éxito de La La Land una nueva vuelta de tuerca al musical? La pequeña revolución de Chazelle ha sido ser clásico. Revolución porque una película relativamente pequeña (cerca de 25 millones de euros frente a los 200 millones de Rogue One, la última de la franquicia Star Wars) ha ido creciendo gracias a una campaña de publicidad que parece (solo parece) surgida del boca a boca y, sin duda, de la emoción que provoca esta película deliciosa, amable y melancólica. Una película para soñadores, como canta Mía (la fantástica Emma Stone) en la audición que cambia su vida: un brindis por los locos que sueñan.