El joyero de Lubitsch

«Madame de...». Max Ophüls,  1953


Madame de... posee el aroma de un tiempo desaparecido, el de la Viena o el París finisecular que aparece en la obra de Stefan Zweig, Arthur Schnitzler o Guy de Maupassant, autores que Max Ophüls, director de esta película, ha adaptado al cine en varias ocasiones. Ophüls nos muestra con gran brillantez ese mundo de carruajes, palcos de ópera, espejos, vestuario lujoso, generales que se peinan el bigote y romances de tocador donde la protagonista (Danielle Darrieux), una dama de la alta sociedad prisionera de un matrimonio cuya única posibilidad evolutiva es el aburrimiento, se dedica mayormente al flirteo. El arte de desmayarse con distinción no tiene secretos para ella. «En el terremoto de Lisboa estuvo veinte minutos muy bien desmayada», dice su marido (Charles Boyer) con una sorna que podría nacionalizar Billy Wilder.

A veces echo de menos los guiones que respiran en torno a un objeto de importancia capital que condiciona a los personajes y lo mismo sirve de detonante que de solución a la trama. Seguro que recuerdan el rifle de Winchester 73 o el paquete misterioso que arrastraba Barton Fink. Madame de... es un ejemplo perfecto de este género, casi difunto en la actualidad. Si a alguien le parece excesiva la intriga alrededor de los doce herretes que la reina regaló al duque de Buckingham en Los tres mosqueteros es porque desconoce la peripecia de los pendientes de diamantes que ejercen de vehículo narrativo en esta película. Madame de... (nunca conocemos su nombre completo) vende sus pendientes para pagar una deuda sin que se entere su marido, que es precisamente quien los compra de nuevo en secreto (ya los había adquirido en otra ocasión como regalo de boda) con la intención de hacer un último obsequio a su amante al tiempo que rompe con ella. Los pendientes viajan a Constantinopla, son empeñados y regresan de la mano de Vittorio de Sica, agregado diplomático que los utiliza para conquistar a su nueva amante: Madame de... Las joyas, por tanto, vuelven al punto de partida y no tardarán en brincar a otro bolsillo. La cantidad de mentiras y regates necesarios para justificar todo este recorrido harían peligrar la flora intestinal del propio Richelieu. En este embrollo ocurrente, lleno de simetrías y situaciones de ida y vuelta cuya repetición suele reportar una mejora o una vuelta de tuerca deliciosa, no hay héroes ni cardenales insidiosos propios de Dumas, solo un joyero pragmático que revende el material cuatro o cinco veces a los mismos personajes. Llegamos a pensar si no estará creando una burbuja financiera.

Por qué verla

Por el estilo singular de Max Ophüls, basado en movimientos de cámara de una grandeza y elegancia exquisitas en los que el alarde técnico nunca ahoga la narración

Por la manera en que la frivolidad inicial da paso, poco a poco, a una tragedia de novela rusa cuando la protagonista comete el error de enamorarse de verdad

Porque el cine de Ophüls siempre retrata a mujeres inteligentes y sofisticadas que obvian su rol decorativo y se enfrentan a su tiempo y a su sociedad

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