Puro cuento

Luís Pousa Rodríguez
Luís Pousa EL RINCÓN DEL SIBARITA

FUGAS

09 oct 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

A Álvaro Cunqueiro, erudito en beatos y milagros, le fascinaban singularmente los santos que en realidad no habían existido, que eran pura leyenda. Y así los reivindicó con empeño en sus columnas, igual que otros hoy en día dedican su esquina del periódico a reivindicar el Eurogrupo o la Troika (que a lo mejor  tampoco existen, quién sabe). Rebatió en uno de sus artículos la decisión de la Iglesia de retirar del santoral a Cristóbal de Licia, el portador de Cristo, al que destituyeron de su cargo después de estudiar minuciosamente la documentación. En ese texto recuerda que en Galicia se tiene especial devoción a estos santos que no fueron, como santa Mariña o san Ero de Armenteira, ya saben, el fundador del monasterio que un buen día se sentó a escuchar bajo un árbol el canto de un mirlo y así se quedó durante 300 años. 

A otro Ero de Armenteira lo encontramos, varios siglos después y al otro lado del océano, en un relato de la tradición oral mexicana. En Un rayito de la gloria un sacerdote pide constantemente a Dios ver una muestra de su esplendor y cuando se dispone a decir misa escucha el canto maravilloso de un pájaro que le hace olvidar todo lo demás. Cuando vuelve en sí, muchos años después, la iglesia ya está en ruinas y no hay feligreses a la vista. Como el san Ero de las Cantigas de Alfonso X, el san Ero de Cunqueiro y nuestro san Ero de Armenteira.

La historia la resucita ahora Fabio Morábito en un volumen delicioso, Cuentos populares mexicanos (Siruela), donde a partir de las colecciones que los estudiosos locales y estadounidenses habían completado con anterioridad, el autor recopila y reescribe para el lector contemporáneo los tesoros de una tradición oral al borde ya de la extinción.

Un libro para leer en voz alta y para recordar que la literatura, incluso en sus vertientes más arriesgadas, viene precisamente de ese relato oral que toda narración lleva dentro. Porque todo procede de la fábula, de estarse 200 o 300 años escuchando el canto de un mirlo.