Si alguien podía reinterpretar el repertorio de Chavela Vargas en clave de vanguardia flamenca, esa era Martirio. Acompañada a la guitarra por su hijo, Raúl Rodríguez, le cambia el poncho por la peineta sin despojarlo de un ápice de intensidad ni de ese sentido trágico de la vida que ambas artistas compartieron
20 mar 2015 . Actualizado a las 18:47 h.Más allá del tópico y del cristal ahumado, Martirio atesora inquietudes vitales y musicales que le permiten seguir siendo icono de modernidad a los 61 años. «Por cierto, los cumpliré en Santiago. No se me ocurre un lugar mejor en el mundo para celebrarlo».
-Más allá de la amistad que mantuvieron, ¿existe un paralelismo en lo personal y en lo vital entre Chavela Vargas y Martirio?
-Hay muchas cosas que nos unen. A las dos en la voz se nos ve el alma. Quizá por eso tuvimos esa gran conexión. Chavela vivía para la música, le iba la vida en ello. La música fue lo que le permitió enriquecerse de sabiduría, que es a lo que yo aspiro y por lo que canto desde que empecé. Para que me quieran, lo primero, y después para aprender. Yo me he hecho mujer a través de Martirio.
-Ha querido escoger el repertorio menos trágico de Chavela, ¿por qué?
-Porque no quería recrearme en el dolor. El corazón de Chavela era un corazón valiente que sintió desde el fracaso al éxito más rotundo, desde el desamor a la pasión más plena. Y estas canciones son eso, radiografías del corazón.
-¿Le ha resultado complicado el encaje entre el flamenco y las rancheras?
-Lo que Raúl [Rodríguez] ha hecho ha sido meter las rancheras en el tempo del flamenco. Y lo ha hecho con absoluta naturalidad porque en el fondo subyace una enorme conexión cultural. Ambos son cantes hechos para transmitir sentimientos profundos y abrir el corazón.
-¿Qué le decía Chavela cuando la escuchaba cantar sus canciones aflamencadas?
-A ella le gustaba. Pero tampoco era mucho de decir. Ella solo miraba y tú ya sabías si le gustaba o no. Por eso cuando veía que le brillaban los ojos y sonreía sabía que estaba haciendo las cosas bien.
-¿Por qué el título Un mundo raro?
-Porque las personas que estamos más en el ser que en el tener estamos en un mundo raro. Esa era la idea.
-¿Una idea compartida con Chavela?
-Por supuesto. Ella era la madre del mundo raro.
-¿Cómo es la relación con Raúl en el escenario? ¿De madre a hijo, de cantante a guitarrista, de igual a igual...?
-Es una relación de dos personas que se adoran, que se dicen las cosas a la cara, que son exigentes con su trabajo y, sobre todo, que son unos enamorados de la música. Si a eso le unes la sensibilidad que nos une en escena y un repertorio tan maravilloso, el concierto, para mí, es el más bonito que he hecho nunca.
-¿Cómo se puede seguir siendo paradigma de la modernidad a los 61 años?
-Pues estando en el mundo. Siendo curiosa, apoyando a la gente joven y no teniéndole miedo al riesgo ni creyendo que has llegado a ninguna meta. Y teniendo muchas ganas. Sobre todo, muchas ganas.
-¿Qué tendría que hacer hoy un artista para causar el impacto estético que usted causó en los 80?
-No lo sé, porque en la sociedad actual hay mucho más conservadurismo y aborregamiento que en aquellos años.
-¿Hemos vuelto a los tiempos de la peineta, pero de la rancia?
-Lo que está claro es que en los 80 había un desparpajo, una falta de prejuicios y una necesidad de expresión que hoy no veo. Hoy haría falta una revolución en el corazón que generase esperanza.
-Por cierto, ¿cómo se imagina una peineta gallega?
-¡Ay!, en Galicia hay un diseño que te mueres. Me encantaría una peineta, como si fuera de flores, pero llena de mariscos. Sí, sí, sí.
SANTIAGO. Teatro Principal. Sábado 21. 20.30 horas. 16 euros más gastos de gestión
A CORUÑA. Teatro Rosalía. Domingo 22. 20.30 horas. De 16 a 20 euros