Una espera interminable

Rosa Estévez
Rosa Estévez VILAGARCÍA / LA VOZ

FIRMAS

MONICA IRAGO

Un año después de que se plantasen a las puertas de Cuca y pese a que el juzgado anuló el traslado a O Grove, las operarias de la emblemática factoría siguen peregrinando a la península meca

11 ene 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Desde que se incorporaron a su puesto de trabajo después de las vacaciones navideñas, las operarias de Cuca invierten las horas que pasan en la fábrica de O Grove en limpiar pescado. «Iso faise case igual que como o faciamos en Vilaxoán», relata María José, la presidenta del comité de empresa. En sus palabras se rastrea el deseo de volver, volver, volver. De recuperar la vida que se truncó a finales del 2012, cuando Garavilla, la propietaria de la emblemática conservera vilaxoanesa, decidió echar el cierre a la nave blanca de O Castelete y trasladar la actividad a unos cuarenta kilómetros de distancia. Acaba de cumplirse un año -se cumplió el día 7- desde que las trabajadoras se rebelaron contra esa decisión y se plantaron a las puertas de la fábrica para intentar evitarla. «Foi un ano moi duro e segue a selo», relata la presidenta del comité de empresa.

Hace un año, las mujeres se atrincheraban en una caseta de obra reconvertida en símbolo de resistencia. Durante meses -mientras Garavilla les hacía hueco en su nuevo destino- plantaron cara al frío, a la lluvia e incluso a los policías que las rodearon una madrugada. Muchos pensaban que su batalla terminaría en cuanto se viesen obligadas a incorporarse a su nuevo puesto en O Grove. Pero se equivocaban: la lucha seguía viva en los juzgados. En junio, una demoledora sentencia del juzgado de lo social de Pontevedra anulaba el traslado de la actividad a O Grove y, con él, el ERE que Garavilla había aplicado a un total de 69 trabajadores.

«O xuizo gañámolo, as sentencias dannos a razón, pero seguimos igual. Eles [Garavilla] presentan recursos e así estamos. E así seguiremos mentres non haxa senteza firme», razona la presidenta del comité. Confía en que la justicia hable de una vez por todas antes de marzo o abril. Y que, cuando lo haga, sea para volver a darles la razón a las trabajadoras.

Es a esa esperanza a lo que se aferran las mujeres cada vez que echan los pies fuera de la cama «na metade da noite». Y es que para acudir a trabajar a O Grove han de levantarse temprano. Tan temprano, que su horario no parece de estas latitudes. «Eu levántome ás catro menos vinte da mañá, pero as compañeiras que veñen de Valga ou de Caldas teñen que levantarse ás tres», explica María José.

Con semejantes horarios, el mundo se les ha puesto patas arriba. Y es que «chegas á casa as catro da tarde, morta de cansancio», y la tarde se marcha entre recados y cabezadas. «Iso todo é o peor, é ao que moitas de nós non nos sentimos capaces de acostumbrarnos», explica la presidenta del comité.

De momento, las mujeres intentan acostumbrarse a la espera. Dedican a ello grandes dosis de paciencia. Así lo cree, al menos, Paco Vilar, el sindicalista de Comisiones Obreras que ha acompañado a las trabajadoras de Cuca desde que iniciaron su cruzada. Siete meses después de emitida la primera sentencia, dice, «seguimos a expensas de que sus Señorías decidan ejecutar la sentencia». Mientras no llega ese momento, las representantes de las trabajadoras siguen alerta, pendientes de cualquier movimiento que pueda condenarlas a la noche perpetua del camino a O Grove.