El tiempo pasa volando

Begoña Rodríguez Sotelino
begoña r. sotelino VIGO / LA VOZ

FIRMAS

Oscar Vazquez

Rocío Castro y su marido, José Izquierdo, continúan la labor iniciada hace 84 años por el padre de ella, fundador de la empresa viguesa que fue presidente del Turista

05 ene 2014 . Actualizado a las 06:00 h.

El tiempo pasa volando por la joyería Castro. Parece que fue ayer, pero ya han pasado 84 años desde que José Castro Fernández abrió su negocio en la cale que entonces se llamaba José Antonio y no era peatonal. Su actividad solo cesó cuando llegó la guerra, que cerró sus puertas, pero volvió a abrir al terminar la contienda.

Castro era un experto relojero, pero también un gran amante del fútbol. El profesional fue durante 40 años presidente del Turista y un hombre muy popular en la ciudad, «el alma mater del fútbol en Lavadores, merecedor de la Medalla al Mérito Deportivo que vino a imponerle ni más ni menos que Santiago Bernabéu», recuerda José Izquierdo Soto, que comenzó con él de aprendiz cuando contaba tan solo 11 años y cuenta que la tienda, en la que también atendía su suegra, María Fernández Losada, se llenaba de aficionados al balón que antes y después de los partidos iban a comentar con él las vicisitudes de la liga, como si fuera una taberna, pero con muchos quilates. «Era un ambiente muy familiar, como eran antes los negocios».

La de Izquierdo, que a sus 79 años sigue acudiendo al local en el que ha pasado 68 años de vida profesional, es una historia de amor entre joyas y relojes. La hija del fundador, Rocío Castro Fernández, se integró en la empresa familiar también muy joven. A los 16 años ya estaba tras el mostrador. Obviamente, allí conoció al que años más tarde sería su marido y ambos se hicieron cargo de la empresa tras el fallecimiento en 1980, a los 70 años, del padre de ella.

Izquierdo indica que en Vigo había «una fábrica de relojeros, Avendaño, de allí salió Arosa, Antolín...». La mayoría de los que después se establecieron en Vigo se formaron en aquella tienda-escuela. Castro incluido.

José ahora está a medio gas. «Acompaño a mi mujer porque es un negocio en el que no puedes estar solo, pero estoy apartándome de todo y viendo si alguna de mis tres hijas quiere continuar. Sería una pena que una joyería con esta tradición se pierda, pero es ley de vida», lamenta. De todas formas, insiste: «Estoy intentando de convencer a la pequeña, la que estudió Bellas Artes, a ver si continúa, pero yo lo entiendo porque el comercio es muy sujeto», confirma añadiendo que no es fácil porque «no son tiempos muy buenos para esto, por la inseguridad y porque es un oficio en vías de extinción. Si no quieren, más tarde o más temprano, habrá que dejarlo», resume. Mientras, Rocío sigue siendo la reina de la atención al público «y muy atenta, como siempre a las tendencias internacionales en el sector», explica él.

El profesional recuerda que Castro siempre ha sido una casa especializada en joyería y relojería, «tuvimos taller propio y servicio técnico de marcas afamadas que fuimos dejando por falta de tiempo».

Pero ahora reconoce que desde aquellos tiempos en los que hasta se hacían trabajos soplando a fuego, hay poco que hacer. Ahora es todo automatizado. Pero él sigue haciendo lo que le gusta, solo que para su propio disfrute. «Yo a lo que me dedico es la coleccionar y reparar relojes de bolsillo antiguos, que compro en viajes, los mercadillos, en Madrid, en Londres, en París... allá a donde vaya siempre busco. Son relojes de más de 200 años que limpio y arreglo», cuenta este enamorado de su oficio. «Es un trabajo con mucha vida propia, es una profesión fabulosa que te permite tener una vida interior riquísima, porque tienes mucho tiempo para pensar», reflexiona.

José ya solo admite encargos de arreglos en casos muy especiales y puntuales. Y, eso sí, «siempre atención prioritaria a toda persona que haya comprado en este establecimiento», afirma.