La Costa da Morte no es New Hampshire, donde por cierto vive la familia Soneira (oriunda de la zona); ni mucho menos Nueva Inglaterra, esa gran área del noreste estadounidense donde el otoño es más importante que aquí las fiestas de interés nacional. Allí, el color menguante de las hojas caducas reluce más que el sol, y un atractivo turístico que mueve a cientos de miles de personas.
No lo es, pero tiene su encanto. Es cuestión de buscarlo. Desde lugares humildes y aparentemente inocentes para el paisajismo, como la zona verde del polígono de Bértoa (sorprende el cromatismo de sus árboles estos días), hasta otros exuberantes ya en verano, como la Ribeira da Pena, entre Carballo y Cerceda; el souto de O Allo (van ya varios fines de semana con familias que se adentran en la espesura a recoger castañas), en Zas, lo mismo que Pedra Vixía, o el bosque de O Añón, en Carballo, al lado del Anllóns. O bajo carreteras de Zas en dirección a As Hedreiras o San Adrián. En Gabenlle, paseando entre ameneiros y maíz sin esfollar. En la carballeira de Berdeogas, oculta para la mayoría, pero de las más cuidadas de la zona. En Boallo, a unos metros de la carretera de Berdoias a Muxía. Y en tantos sitios. Gran parte, conocidos de sobra por los aficionados a la micología. O a perderse en rincones por los que el sol aún penetra con dificultad, por la espesura. Por poco tiempo.