«O monte arde por abandono»

FIRMAS

La experiencia sobre el monte Pindo del dumbriés Modesto García Quintáns, cartógrafo jubilado del Instituto Geográfico Nacional, cazador y caminante incansable, no se basa en la historia y las leyendas -que también- sino en cientos de horas de minucioso pateo y, sobre todo, el contacto directo con los guardianes de un conocimiento secular en riesgo de desaparecer.

Las 2.377 hectáreas calcinadas en el peor incendio del verano en Galicia -10 más según los cálculos del propio García Quintáns- y las pocas que se salvaron de las llamas guardan las huellas de pastores, pescaderas, estraperlistas o fugitivos de la Guerra Civil, que el científico ve prácticamente irrecuperables.

«Eu recollín todo o que puiden. Teño compilados máis de 600 topónimos. Mesmo puiden falar cun dous escapados da guerra hai uns anos, que aínda tiña medo de contarme as cousas e non se fiaba de todo. Por desgraza, cando quixen volver a contactar con el, xa falecera e iso é o que está pasando en xeral con todo O Pindo. Cada pedra ten un nome, unha historia, pero os que a coñecían morreron practicamente todos e os novos non saben nin onde están as súas propiedades», comenta el apasionado estudioso, que ha elaborado perfiles geográficos de mayor parte de este monte y que le gustaría ver su trabajo publicado «para que non se perda», aunque afirma que él no tiene los recursos para hacerlo.

Las historias que guarda en su memoria hablan de rivalidad «porque os sitios nin sequera teñen os mesmos nomes para os da ribeira [O Ézaro y Carnota] que para os da montaña [Mazaricos]. O que para uns é o Pico de Peñafiel -unha denominación inventada polos pescadores, que empregaban elementos da terra para marcar as súas rutas no mar-, para os outros é o Castelo Grande», relata el científico, que relaciona las disputas con la competencia por el pasto, porque «as ovellas e as cabras, non os cabalos que o terreo non se lles adapta, eran as verdadeiras rozadoras do monte».

Algunos de los puntos señalados, como el propio Castelo, tenían funciones vitales para los vecinos. «O propio Castelo, coa súa forma ovalada, era un reloj natural, porque o seu meridiano coincide co xeométrico e xusto ao mediodía empezaba a proxectar a sombra cara a Arcos [Mazaricos], co cal sabían que era a hora de ir para comer», explica Quintáns, que también habla de episodios de pillaje, porque algunos vecinos mataban el ganado de otros, especialmente en la época del estraperlo, en la que la dictadura plantó O Pindo con pinos, limitando el acceso de sus históricos beneficiarios.

El paso de Frai Martín Sarmiento, que dio lugar a nombres como la Barca dos Cregos, la Cova dos Morcegos, donde se refugiaban los represaliados por Franco y las puertas de la Reina Lupa, con sus leyendas de brujería, o la Ventosa, por donde pasaban las pescantinas con sus cestos desde O Ézaro a la montaña, son solo algunos de los tesoros antropológicos sobre los que pasaron las llamas. Un fuego que no es nuevo, porque ya a finales de los 70, cuando García Quintáns subió a caballo los materiales para construir el vértice geodésico de la Laxe da Moa «a 629 metros, cos métodos de medición modernos, non a 641» ya tuvieron que apartar del camino los pinos quemados.

«O monte ardeu sempre. Os gandeiros queimaban croas, para ter pasto, pero facíano en sitios concretos, dun xeito controlado, en épocas sen perigo, agora arde por abandono», concluye el geógrafo.

EN El monte Pindo UN Lunes DE 18 a 20 horas