«Unha palla non fai palleiro». Jaime Mejuto, investigador responsable del equipo de túnidos y afines del IEO de A Coruña, aclara así que el hallazgo del tiburón azul dentro de la dársena tiene más de anécdota que de relevancia científica relacionada con un cambio de patrones y hábitos de los escualos por cuestiones medioambientales. Es importante por su rareza y porque no hay registros al respecto, y poco más.
En cuanto a su peligrosidad, Mejuto explicó que solo había constancia de un ataque a humanos en el Mediterráneo que fue atribuido a un tiburón azul, pero tampoco hay pruebas de que se tratase de un ejemplar de Prionace glauca, sino meras sospechas.
A nivel mundial, el tiburón tigre y el tiburón blanco se llevan la palma en ataques a humanos. Y lo hacen por su distribución, el primero en aguas cálidas de Brasil, Centroamérica y el norte de Sudamérica, donde escualos y bañistas comparten playas. Así es que Recife es el área en la que más ataques se producen. También los surfistas australianos o de la Baja California acostumbran a ser pasto del tiburón blanco, que busca comida en aguas frías templadas de las zonas de Chile, Australia, Nueva Zelanda y el sur de California y puede confundir la silueta del deportista con la de una foca o un león marino. A su lado, el tiburón azul es un angelito. Ahora bien, «es un tiburón», recuerda Mejuto, y sus dientes cortan como una cuchilla de afeitar, por muy poco que mida la cría.