Antes, en Vigo había más unión. O mejor dicho, había unión. Por ejemplo, si la ciudad se sentía atacada, se movilizaba, pero no porque lo dijese un alcalde sino porque las fuerzas vivas eran conscientes de que había que afrontar enérgicamente una situación injusta. Las fuerzas vivas es una expresión caída en desuso con la llegada de la democracia porque muchos, especialmente los partidos de izquierdas, la relacionaron con el poder. Sin embargo, ahí estaba el poder de las fuerzas vivas. Si los empresarios salieron a la calle para reclamar el final de los aranceles de la hojalata o del estanco de la sal, con ellos iba el proletariado de entonces, sabedor de que su suerte iba unida a la del patrón.
Hoy ya no ocurre así. Abel Caballero, por su cuenta y riesgo y sin siquiera ser el representante de la mayoría de la población, invoca la calle cuando él mismo es parte del problema generado. Solo hay que recordar, por ejemplo, qué partido gobernaba cuando se decidieron los puertos nodales. Es sabido que Vigo se ha forjado en un continuo enfrentamiento con su entorno. Desde la Edad Media ha tenido que lidiar contra los intereses de Tui, Baiona o incluso Bouzas. Llegó a las manos con Pontevedra, cuando la Milicia Nacional de Vigo bombardeó la Peregrina. En cierta ocasión, las fuerzas vivas trataron de cambiar la ciudad a la provincia de Ourense, menos hostil que Pontevedra. Así que el acoso contra la ciudad siempre ha existido, pero dentro de las murallas las fuerzas vivas mantenían la cohesión y una aptitud enérgica ante el peligro externo. Ahora, esto parece Babel. Se ha estimulado tanto el enfrentamiento que ya nadie nos teme y cualquiera nos ningunea. Y así, ahora Peinador y mañana los astilleros, pasado el juzgado y cualquier día llegará alguien para llevarnos el Celta. ¡A ver si entonces regresan las fuerza vivas!
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