La tajea estaba, tan húmeda, a cinco metros bajo tierra. A lo suyo, la muy ladina. Filtrando agua. Minando el terreno. Atenta al paso del tiempo. Diez, veinte, treinta, cuarenta años. Aguardando por Regades. Era su hombre. Su única oportunidad para dejar paso al hormigón, el fibrocemento, la chapa de acero o el poliéster reforzado. Retirarse, en otras palabras. Había conocido a otros concejales socialistas en su larga vida, pero, no la habían jubilado, no. Seguía conduciendo el agua hacia las alcantarillas como sus padres lo había hecho un siglo antes, ajena al progreso.
El camión pasó aquella mañana, como otras muchas, por Canceleiro. Julia María, lucía orgulloso aunque era camión. Sin miedo a la carretera. Alegre y confiado buscaba García Barbón cuando la ladina tajea alcanzó su punto de fuga. Un gran estruendo rajó la tierra. Julia María trataba de seguir adelante, ya cerca del objetivo, cuando las ruedas dejaron de rodar. La tierra se agarraba con fuerza al neumático izquierdo trasero. Julia María, el camión, no entendía qué estaba ocurriendo. Era la tajea. La muy miserable lo había utilizado para reclamar su jubilación.
La tajea pensaba únicamente en el rostro bonachón del joven edil. Sabía que era del PSOE, como otros muchos concejales que en el pasado se habían encargado de los subsuelos, pero adivinaba cierta sensibilidad en sus gestos. Su retiro estaba cercano. Y más cuando le escuchó en la radio denunciar el abandono durante cuarenta años. Asintió la tajea, mientras sintonizaba. «Más de la mitad gobernados por su propio partido», calculó, alegre por el ya cercano sonido de las palas. No quedaba nada. Los operarios la dejaron al descubierto y pudo oír con claridad. Alguien evaluó la situación y comprobó que sí se merecía el retiro, aunque habría que esperar al año próximo. Se preguntó: «¿Tendrá que hundirse media ciudad para que nos jubilen?»
Había conocido a otros ediles socialistas, que nada hicieron
jorge.lamas@lavoz.es