Arrimar el hombro

FIRMAS

Es una de tantas manifestaciones contra la privatización del nuevo hospital de Vigo. Varios miles de personas bajan la Gran Vía. Y ahí están, en el medio, enfundados en camisetas naranjas, los de las preferentes. «Se isto non se amaña, caña, caña, caña. Se isto non se asume, lume, lume, lume». No gritan. Lo entonan como una molesta canción de supermercado que no pueden quitarse de encima. Lume, lume, lume, susurran, a modo de mantra. No hay pasión ni signos de exclamación en su voz. Hay, más bien, cierta costumbre. Oficio.

-¿E logo, por que vides vós a unha manifestación polo hospital?

-¡¿Como?! ¿E a sanidade pública non é de todos? É que son uns ladróns que están acabando con todo. Son uns chourizos. Eu xa teño pensión, pero vós...

Y coge carrerilla. Es un jubilado que tenía 45.000 euros en preferentes. La historia ya la conocen: le prometieron rentabilidad, confió en quien se las vendía y perdió sus ahorros.

-Pero acabo de cobrar polo da arbitraxe -matiza-. Perdín un pouquiño...

-¡Ah! ¿E segue manifestándose?

Me asegura que en ese grupo que baja la Gran Vía en camisetas naranjas -y que lleva todo el día de protesta- son mayoría los que ya cobraron; pero que no van a parar porque «aínda queda algún». Entonces aparece una cría en la acera que se despega de sus padres, echa a correr gritando «¡Abuelo!» y mi jubilado ensancha la sonrisa. Yo ya he dejado de existir.

Me marcho pensando en esa gente cabizbaja, en su manera cansada de decir «lume, lume, lume», en sus exhaustos setentaypico, en cómo encorvan los hombros bajando la Gran Vía, en su camaradería de camiseta naranja y en esa frase que ahora soban todos los políticos, la de «hay que arrimar el hombro». Porque nos están dando motivos de sobra para arrimarlo. Pero a la contra.

angel.paniagua@lavoz.es