Dos gallegos en Múnich 72

manuel camacho REDACCIÓN / LA VOZ

FIRMAS

Oscar Vazquez

Uno de los vigueses que vivieron la tragedia en la villa olímpica intercambió un llavero con uno de los asesinados

06 sep 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Hace cuarenta años ocho palestinos armados del grupo terrorista Septiembre Negro irrumpieron de madrugada en la villa olímpica de Overwiesanfeld, en Múnich. Todo acabó con la muerte de once atletas israelíes, ocho terroristas y un oficial de policía alemán. Aquel 5 de septiembre de 1972 en Alemania quedo marcado para siempre en la historia.

V Televisión recoge la historia de dos gallegos que vivieron de primera mano todo lo acontecido, el vigués Carlos Pérez y Javier Álvarez, de Nigrán. Carlos, que entonces tenía 37 años, participaba en sus terceros juegos olímpicos como atleta. Todo le cogió por sorpresa. «Me disponía a levantarme a eso de las ocho de la mañana cuando, al encender la tele que teníamos en la habitación, vi que un comando terrorista acababa de asaltar los apartamentos de los israelíes». Empezó a cundir el miedo entre los atletas: «Desde nuestros apartamentos al del secuestro había tan solo unos 150 metros, separados por una explanada, así que nos unimos todos los de la villa olímpica para ver lo que ocurría allí». Pudo hacerse con unos prismáticos de uno de los deportistas que se encontraban cerca y empezaron a ver todo lo que sucedía en las habitaciones de los terroristas: «Fuimos testigos de todo lo que pasaba, al igual de cómo empezó la masacre tras un error de un policía alemán». Se refiere al agente que iluminó a los terroristas, «haciendo que se sintieran acorralados y desencadenando lo que todo el mundo pudo ver por la tele». Según el vigués, los israelíes nunca se sintieron seguros durante los juegos. «Tenían sus propios vigilantes, pero a esas horas de la madrugada ya se habían ido», dice.

De todo lo ocurrido, Carlos recuerda la no paralización de la competición, «la suspensión de los juegos hubiera sido el triunfo del terrorismo». Aparte, él siempre tendrá un bonito recuerdo para Moshé Weiber, con el que había intercambiado un llavero unos días antes.

Se queda con lo bueno

El otro testigo gallego de la tragedia, Javier, tenía 28 años entonces e iba a disputar sus segundos juegos olímpicos. Cuenta que «tras el atentado, los nombres de los deportistas muertos aún seguían apareciendo en los marcadores y tableros». Aunque todos recuerdan el atentado, él prefiere quedarse con lo bueno: «Fueron los juegos de la tecnología, fueron momentos extraordinarios, con unos estadios olímpicos increíbles y una experiencia grandiosa».