«Poderoso caballero es don Dinero», como decía Quevedo y popularizó el cantautor Paco Ibáñez -¡qué tiempos!-, pero que nadie piense que lo digo por el otro, que para perseguido, extraperiodístico y judicial, que es peor, el buen alcalde de Lugo, que siempre me ha parecido en lo que le he tratado un buen hombre.
No digo que nuestro Caballero sea malo, simplemente que no responde a los cánones de los políticos normales, y yo no soy su látigo, sino un crítico de antaño que procura ejercer el periodismo con dignidad y no siempre lo consigue. Como consecuencia de su candidatura a la presidencia de la Xunta que perdió, yo, que le había hecho gustoso unas entrevistas radiofónicas entrañables, a medida que le fui conociendo fui hasta grosero -en otras páginas-, titulando un artículo algo así como «Ni oficial ni caballero». Naturalmente, en mi época de cinéfilo, que desde que se murió el bendito Suso Cano de Oya, el vigués comunista que llegó a presidir los cineclubs de España y trabajaba por el arte al lado de Fernando Alonso Amat, desde aquellos lejanos años, le he ido perdiendo gusto a las salas cinematográficas.
Varios alcaldes, gallegos al menos, han pedido respeto para la autonomía local, pero sin olvidarse de sus salarios. Los políticos, que junto con los jerarcas de las empresas son los únicos que se autoasignan sus emolumentos en un país en crisis, y don Abel, que manda mucho en la Federación Española de Municipios y Provincias -o sea, como en Vigo-, de la que es vicepresidente, les sigue la corriente, de momento porque el que calla ante semejante osadía otorga.
La escoba de platino, ¿le sirve acaso para barrer para casa? Más limpieza de criterio en los políticos es lo que pide el pueblo.
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