Vivía el juglar tras una puerta labrada por los tallistas de Abderramán El Grande que atraídos por el arte latino remontaron el Guadalquivir dejando atrás la Híspalis y, en su camino hacia el Finis Terrae dejaron atrás los infiernos de La Mancha aún no hollada por Rocinante.
Ascendieron a la Meseta castellana, cruzaron el Duero y, ocultos a la mirada de los ballesteros de la reina Urraca, en el río Sil refrescaron la sequedad de sus lenguas con las uvas benditas que Roma había encepado en sus laderas y, dejándolo a su espalda, se dirigieron a Compostela.
Allí, donde ataviados como conversos reverenciaron las cruces santas y estudiaron la arquitectura cristiana, les llegó con la luna el olor de la mar. Levantaron la tienda, pagaron a las bellas mozas que les habían dado amor y amparo bajo los nogales de su pazo y alegres emprendieron el camino de Noela agradeciendo a Alá el haberlos puesto en el camino cierto que llevaba al fin del mundo.
Hicieron noche en Toxosoutos y se bañaron de buena mañana en el río Traba. Con ramas de sauce sacudieron con energía sus espaldas cobrizas por el sol del desierto que abandonaran a las puertas de la antigua Cartago y, vadeando la corriente, al anochecer llegaron a la villa donde el silencio gritaba mudo bajo los soportales.
En cama de piedra pasaron la noche en vela agitados por el vuelo de los murciélagos que ciegos cazaban mosquitos en la oscuridad. Al amanecer los despertó el rumor de la multitud que transitaba calle abajo vistiendo sus mejores galas. El olor a fritanga y el bullicio de los niños jugando al corro se filtraba en sus sentidos y al punto se unieron a la alegría que desde la plaza do Tapal descendía a borbotones.
Subieron O Curro y se encontraron frente a frente con la imponente fachada de San Martiño. Los mercaderes vendían a su alrededor pan, arenques, aceite, queso, especies, vino, higos, nueces y manzanas perfumadas.
Siguiendo los latidos del corazón de una vihuela, se internaron en las callejuelas desiertas aledañas a la iglesia. El sonido era cada vez más cristalino y dulce. Al dar la vuelta a una esquina de pronto se dieron de bruces con un juglar que cantaba al amor perdido en el interior de una casa.
Al verlos, el juglar cesó en su verso y les preguntó de dónde venían. Del sur, dijeron y le pidieron que siguiera cantando aquellas endechas que les recordaban sus amores en Damasco. El juglar les propuso hacerlo así si a cambio reconstruían la puerta que habían echado abajo los esbirros del arzobispo para arrancar de sus brazos a su amada.
Dieron su palabra los tallistas y mientras el juglar echaba a volar sus cantigas de amigo para que las golondrinas las hicieran llegar a su amor, en pocas horas labraron una puerta maravillosa que aún hoy, quien tenga fe, puede contemplar en Noia.
Es la puerta más bella del mundo y si movido por su inocencia es usted capaz de traspasarla, podrá ver a los tallistas de Abderramán caminando bajo los pinos que amparan como una guardia vegetal las doradas laderas del monte Pindo.
Acuda a Noia el próximo fin de semana y tal vez pueda lograr el prodigio y escuchar el canto del juglar tras la puerta que se abre al fin del mundo.