El marinense Guilermo Gil Lagos se enroló por primera vez a los 16 años y conoce a la perfección las costas española y del continente africano
19 may 2012 . Actualizado a las 14:23 h.«España la conozco toda, menos Cartagena y Alicante, y la costa de África, entera». Con más de 40 años de experiencia profesional, Guillermo Gil Lagos (Marín, 1955) no oculta su satisfacción con un trabajo que le ha permitido recorrer medio mundo y vivir con intensidad lo bueno y lo malo del mar. Al recordar su trayectoria vital, las experiencias positivas y negativas son tan abundantes como las gotas de esos océanos que ha recorrido durante años.
Los barcos son su vida. Este mecánico naval ha pasado en alta mar más horas que en tierra a lo largo de muchos años. Aunque no sea estrictamente un emigrante, sus largas ausencias de su Marín natal, como en el caso de miles de sus compañeros de profesión, lo han convertido en tal a los ojos de muchos de sus paisanos.
Hijo, sobrino y nieto de gentes del mar, cuando estaba estudiando en el instituto sus amigos lo convencieron de que su lugar estaba en la estela familiar. Eligió mecánica naval y se matriculó en la Escuela Náutica de Vigo. A los 16 años tuvo la primera ocasión de ir al mar, enrolando en un mercante con la línea Canarias, Barcelona y Palma de Mallorca. «Mi padre tuvo que darme el permiso para que pudiese ir a coger el barco en Barcelona porque era menor de edad», recuerda. Comenzó como engrasador.
Continuó sus estudios y su trayectoria profesional hasta alcanzar el título superior y desde entonces actúa como primer mecánico. Tiene experiencia en el Gran Sol, en la flota de arrastre de litoral en la Costa da Morte, en mercantes de Nogueira en el norte de África y España, en el pez espada en el Atlántico, en Brasil, Uruguay, todo el Magreb de Marruecos a Túnez, Mozambique, el Golfo de Guinea... Desde hace unos años trabaja para una empresa de pabellón namibio con mareas de dos meses.
«Al mar hay que tenerle respeto, mucho respeto», recalca. Guillermo Gil ha vivido experiencias muy duras y más de una vez ha pensado que había llegado su hora. Antes de casarse, por ejemplo, su mercante, en ruta de Avilés a Argel, naufragó en la costa de Portugal. Se trataba del Cristina Suardia y llevaba una carga de ladrillo y piezas de hierro.
Evacuación en helicóptero
«Se cerró todo de niebla y el capitán se despistó. Acabamos encima de las rocas y pensábamos que íbamos a morir», relata. Afortunadamente, al amanecer, descubrieron que estaban encallados en la costa y respiraron más tranquilos. La tensión nerviosa pagó su factura. «Cuando llegó a su casa y su madre le abrió la puerta, se desmayó», señaló su mujer, Rosa María Rodríguez Nores.
En otra ocasión, estuvo trece meses de baja cuando tuvo un accidente en el Río da Bouza, en el Gran Sol. «Estaba soldando en la quilla una puerta de arrastre, que no estaba bien sujeta, y me aplastó el pie». El helicóptero Helimer Galicia lo evacuó al Hospital Juan Canalejo, en A Coruña, donde milagrosamente pudo conservar la pierna.
La vida en el mar es dura y sin la familia aún más, sobre todo si se es recién casado. Durante cinco años, Rosa María Rodríguez acompañó a su marido en los mercantes por el norte de África. «Estuvo conmigo en los barcos hasta que decidimos tener familia», recuerda Guillermo Gil. Aunque había veces en que otros tripulantes tenían a sus mujeres a bordo, en muchas ocasiones solo lo estaban la marinense y la mujer del capitán.
La experiencia en el mar también ha dejado huella en Rosa María Rodríguez. Cuando tiene ocasión y el barco está en tierra por un tiempo, ella viaja hasta Namibia para reunirse con su esposo. «En la casa del mar española de Walbis Bay es como una hija adoptiva», bromea su marido. Sus estancias en África también les permiten hacer cosas inusuales, como un safari fotográfico en el Kalahari. «Una vez estaba en la piscina y a pocos metros estaba una jirafa», recordó sobre este viaje.