El comedor de Cáritas de Ribeira era, desde hacía tiempo, un proyecto en ciernes. Ahora, gracias a voluntarios y a las donaciones del restaurante Baiuca, es una realidad
26 abr 2012 . Actualizado a las 07:00 h.OPodría ser un restaurante. No lo es. Aunque tiene un ligero aire a los bares de leche que había en la Polonia comunista, locales pensados para que a nadie le faltara de comer y en los que por una tarifa mínima podía almorzarse el plato del día. Alguno queda todavía en la nueva Varsovia capitalista. En ellos, aún hoy, almorzar cuesta el equivalente a dos euros, pero en moneda local.
En el comedor social de Ribeira, gestionado por Cáritas e inaugurado hace unas cuatro semanas, cuesta un euro por hogar. No importa que vayan cuatro comensales o solo uno. Pero la tarifa es lo de menos. Es solo un gesto, algo que empuja a los usuarios a comprometerse. A valorar. Además, lo que pagan lo recuperan.
Cada semana, Cáritas hace equipos de dos personas para recoger el local y lavar los platos. Cinco euros diarios es lo que recibe cada uno de los que forman el grupo por desempeñar esa labor. Y al final de la semana obtienen los 25 euros que les cuesta la comida durante todo el mes.
El comedor, que funciona con cáterin, echó a andar con la ayuda de un restaurante local y un grupo de voluntarios. Antes no había nada de esto en Ribeira. Y hace falta. «Debería vir moita outra xente, non teñen que ter vergoña, que se come moi ben e aquí Cáritas fai un labor moi grande», comenta Vicente, un invidente cuya paga no le alcanza para vivir. Va todos los días.
El comedor está en un local ocupado por varias mesas corridas puestas con mantel de papel. Hoy están dos voluntarios, Nita y Severino. Los lunes les toca a ellos servir la comida. Acaba de llegar. Ensalada griega, pasta boloñesa y fruta del tiempo. Hoy toca pera. Un sabor dulce para edulcorar la vida.
El menú es el mismo que prepara el restaurante para los centros escolares que tiene como clientes. Porque donde comen dos, comen tres. Y cuatro, o una treintena, la media que vienen cada día. De lunes a viernes. De momento, está abierto cuando hay clase, pero esperan poder continuar en verano.
Los primeros en llegar son una familia formada por la madre y dos hijos. Están en edad escolar. Llegan pronto. Ella trabaja, pero está separada y no le alcanza. Hay mucho que pagar y el salario es modesto. Justo después llega una compatriota peruana. El nombre es Berta y aterrizó aquí el pasado septiembre con el programa de reagrupación familiar. Su marido es marinero. «La semana pasada estuvieron amarrados y no pudieron ir a pescar», explica. Cuando no hay pesca, no hay ingresos, y su sueldo de 425 euros por trabajar los fines de semana en la conservera no llegan a mucho. Unos 225 ya se van en alquiler.
Por eso está contenta de poder comer aquí. Igual que otra pareja chilena. Viven cinco de un único salario de 800 euros al mes. Solo por el alquiler pagan 350 euros. «Aquí estamos muy bien atendidos», dice él.
El público se concentra cuando es la hora de salir del colegio. Entonces llegan madres con hijos y van pidiendo la comida. Llegan y cogen platos. Mientras los voluntarios van tachando los nombres en el listado de usuarios. Tienen que apuntarse antes. Pueden repetir. Algunos almuerzan juntos todos los días. Otros prefieren hacerlo en soledad. Solos o en compañía, todos tienen un menú diario.
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... EN EL COMEDOR DE CÁRITAS DE RIBEIRA. Desde hacía tiempo era un proyecto en ciernes. Ahora es una realidad. Gracias a voluntarios y al restaurante Baiuca, que dona comida para una treintena de comensales.
EN Ribeira UN Lunes DE 13.30 a 14.30 horas
HORA...
solpor na Fisterra. A chuvia que bica, suave, os poros da terra. O recendo da herba neste abril de Galicia, ledicia. O sorriso dun neno que aínda non aprendeu a falar. As lágrimas dun neno que pide alimento, sustento. As boas noticias que agardan, pero chegarán. O bico de dous namorados que non falan de crise nin de mercados, nin de política, nin de partidos: xogan a partida da súa vida xurándose amor eterno e pintando de cores, no corazón do parque, os ollos dos transeúntes que os miran e admiran. A adolescencia, ese estado de ánimo do que non debes saír: expectante, inxenuo, vigoroso. Os poemas de Celso Emilio, que era poeta social cando a poesía social era poesía, non consigna nin lema nin cartel electoral. As razóns para vivir que nos regala o sol, cando nace no Leste, día por día. Os abrazos que non pides e chegan sen remite á mesa de traballo dos teus dedos. As cousas que quedan por facer. A axenda na que escribes palabras lindas: nordés, burbulla, bolboreta, cenoria, trigo. A música que te acompaña mentres paseas. As palabras da tribo, que non pertencen aos dicionarios, nin ás autoridades académicas, senón ao pobo que as usa e cría e levanta e non vulnera. O amor, que pinta de azul o gris dos días. O desamor, que nos recorda que somos humanos, e que perdemos. A literatura, a que leo, que me trae o alento que preciso para non claudicar diante da ditadura do ocio. Os poemas de Rosalía, porque tantas bágoas sementaron o azafrán do futuro, flor a flor. A rebeldía. O gozo de non ser correcto. Un brinde pola vida. Uns amigos que non falten. Un soño. Mil soños. Un millón de soños. Necesitas.