Gallegos en el volcán de hielo

Alfonso Andrade Lago
alfonso andrade REDACCIÓN / LA VOZ

FIRMAS

Un científico y tres militares viven en el cráter antártico de isla Decepción, pendientes de un semáforo sismológico que les advierte del peligro

26 feb 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Isla Decepción es la cima de un cráter volcánico activo de 10 kilómetros de diámetro, perdido en medio de la Antártida a 13.000 kilómetros de Galicia. Allí, en este remoto finis terrae, epicentro de la nada, se emplaza desde hace un cuarto de siglo la base militar española Gabriel de Castilla.

Entre sus residentes se cuentan un científico y tres militares gallegos que viven pendientes de un semáforo sismológico que les advierte de posibles erupciones. Hoy está verde. Mañana ya veremos. Si se pone ámbar o rojo se activará el protocolo de evacuación.

Pero esta isla del archipiélago de las Shetland del Sur es además un paraíso virgen en el que científicos y militares conviven como una familia. Entre los primeros está Francisco Javier Cristobo, natural de Ares y enrolado hoy en el proyecto Actiquim, del Ministerio de Ciencia. Define la isla como un espectáculo geológico, biológico y paisajístico en el que «a uno le da la impresión de estar metido continuamente en un documental».

Es un gigantesco volcán abierto por un lado que comunica su interior, conocido como Puerto Foster, con el mar a través de un estrecho de apenas 600 metros de anchura llamado Fuelles de Neptuno por los bufidos que produce el viento. Los fondos marinos en el interior «son en realidad las laderas de un cono volcánico de hasta 180 metros de profundidad».

Cristobo, director del Oceanográfico de Gijón, indaga en los cadáveres hundidos de las ballenas en busca de invertebrados marinos que viven asociados a sus huesos. Su proyecto, amplísimo, mide el impacto del turismo en la Antártida, huella apreciable en especies del fondo marino. Pero también se centra en el desarrollo de compuestos antitumorales. «En concreto -detalla-, las aplicianinas presentan actividad citotóxica en líneas tumorales humanas (adenocarcinoma de mama, carcinoma de pulmón y carcinoma de colon)».

El científico debe sumergirse casi a diario en un mar a cero grados, acorazado en «un traje fino para absorber el sudor, un forro polar, tres pares de calcetines y guantes y, por encima de todo eso, un traje seco de neopreno. Ni una gota de agua debe contactar con su cuerpo».

Focas que devoran lobos

La supervivencia de una persona que cae a este mar se estima en dos minutos, precisa el comandante Francisco Javier González Paz, jefe de Logística de la Campaña Antártica del Ejército de Tierra y criado en la aldea pontevedresa de San Lorenzo de Nogueira. «En las Zodiac llevamos trajes Viking que elevan la supervivencia a más de 20 minutos en caso de caída».

González Paz destaca «los lazos de amistad» que crea el aislamiento, que describe así: «La tienda más cercana está a mil kilómetros». Llegar a Ushuaia (Argentina) son tres días y medio de navegación en el buque oceanográfico Las Palmas, su conexión con el mundo.

El resto es... ¿soledad? No tanto. «En la pingüinera de Morro Baillys, la mayor de pingüino barbijo en la Antártida, habitan más de 300.000 ejemplares que acceden al mar por una playa. Un día se acercó uno a la embarcación. Empezó a dar vueltas e intentó subir, pero chocó con la espalda de un navegante. No se desanimó y dio otra vuelta a la Zodiac hasta que finalmente subió. Miró como preguntando quiénes éramos y qué hacíamos allí, estuvo un rato, vio que no había comida y se fue».

Caminar por Isla Decepción no es sencillo. El calor del volcán genera fumarolas, áreas de tierra seca entre la nieve, junto a zonas de agua a 70 grados envueltas en un halo de vapor. Allí moran focas de Weddell, cangrejeras y las temibles leopardo. El grupo acaba de ser testigo de cómo una de ellas devoró a un lobo marino, «un espectáculo natural impresionante por su crudeza».