Los conductores se preocupan por el impacto del jabalí en la seguridad vial, los cazadores no dan abasto
16 feb 2012 . Actualizado a las 07:00 h.«Mire, mire, por alí baixan». Manuel González Asper, miembro de la peña de cazadores Ribeira Sacra, de Chantada, señala el senderillo que desciende por un talud hasta la C-533, a poco más de un kilómetro del casco urbano de Chantada en dirección a Monforte. Se nota la tierra recién movida. Dice el cazador que han cruzado hace menos de dos días. Estamos en ese punto de la carretera porque, en un tramo de tres kilómetros, se han registrado más de media docena de accidentes en el último año. No es ningún récord. Es un problema común en más localidades de las que podría suponerse.
En ese mismo punto, Elisabeth Pereira, una joven de 25 años, sufrió hace unos meses el susto de su vida: «Vímolo antes. Estaba no outro lado da carretera e incluso pasou un coche en dirección contraria. Pero, cando chegamos nós, cruzou». Pese a que viajaban a 70 kilómetros por hora, el impacto con el jabalí hizo que el coche diera una vuelta de campana y que quedara inutilizado para siempre.
Dos camiones
Con González Asper recorremos otros lugares de paso. En uno cercano se estrellaron dos camiones. A pocos metros de la señal que avisa de la presencia de fauna salvaje. El cazador explica por qué las piaras pasan por ahí y no por otra parte. De dónde vienen y adónde van. La zona vedada en la que se encaman y a la que probablemente accederá su cuadrilla en pocas semanas para realizar una batida concedida por daños. Los prados que la circundan, y que en algún momento estuvieron sembrados de maíz, han sido su alimento favorito.
Desde luego, en la zona no hay ninguna percepción de que los accidentes hayan disminuido. Al contrario: «Eu, de noite, xa non vou tranquilo», confiesa Luis Somoza, un funcionario que el pasado 7 de agosto chocó contra un jabalí a casi cien kilómetros por hora en esa misma carretera. Sabe que tuvo suerte, porque a esa velocidad le salvó que el impacto fuera lateral: «Seguramente estaban na cuneta, pero saíron de repente. Eu non frenei, nin fixen manobra algunha. Por iso non me saín. Agora, cada vulto que vexo de noite penso que é un xabarín que vai cruzar».
De la reclamación de daños, Luis ni se acuerda: «Eu paguei a franquicia e no seguro dixéronme que ían pleitear, pero que antes dun ano non saberían nada». Luis explica gráficamente la evolución del jabalí en el imaginario popular: «Eu recordo hai anos de viaxar polas pistas coa intención de ver algún onde dicían que pasara. Pero agora lle digo que non os quero nin ver».
«Tiñan que deixarnos cazar todo o ano», opina el cazador. Ya no les falta mucho. Prácticamente nueve meses de batidas ininterrumpidas, domingo sí, domingo también. En la más reciente se cobraron un ejemplar de 170 kilos. Nunca habían cazado ninguno semejante: «O que o matou, disparoulle dúas veces e o animal aínda seguíu. Morreu mordendo o canón da escopeta». Los cazadores se han convertido en la última frontera del jabalí. Y mantenerlos a raya les consume casi todos sus esfuerzos.
El impacto del jabalí en la seguridad vial EN UN PUNTO NEGRO DEL SUR DE LUGO