Dos mundos

José Varela FAÍSCAS

FERROL CIUDAD

Habitamos una ciudad espectral. Cuando anochece, un recorrido por las calles del barrio de la Magdalena o del de Ferrol Vello y aun del de Canido se parece a un itinerario por la Comala de Pedro Páramo. Los locales comerciales huérfanos de actividad, vacíos y abandonados, los pisos deshabitados y sin calor, hacen de caja de resonancia y dan eco a las sombras, a las figuraciones, a personajes fugaces y difuminados que se escabuyen más intuidos que vistos, fantasmagorías vaporosas, hologramas efímeros. Ese viaje enfebrecido a un mundo onírico y taciturno, más propio de la complejidad de Conrad que de la artificiosidad de Torrente, nos conduce como en un proceso iniciático a la esencia de esta ciudad: sus poderes públicos levitan en un limbo de indiferencia que flota como una burbuja ajena a la realidad. La vida oficial discurre en un mundo paralelo al sufrimiento y al dolor, cuando menos a las tribulaciones de quienes día a día son expulsados de sus trabajos, de quienes esperan atención sanitaria, de quienes perdieron la esperanza en una beca, de quienes fueron expulsados de la cobertura de la dependencia, etcétera. El día a día de las instituciones no quiere ver que el rey está desnudo, y los mandarines siguen a lo suyo cada cual en su cortijo. Hasta que un día el eco que resuene en los inmuebles decrépitos, entre las paredes vacías y cargadas de historias de colmados, mercerías, ferreterías, tiendas de confección... se haga ensordecedor. Hasta que esas sombras fantasmales y escurridizas lleguen en tropel y les digan: despierten, salgan a la calle y miren que ciudad gobiernan. Pero para entonces tal vez ya sea demasiado tarde.