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Mario y Mariano

José Picado DE GUARISNAIS

FERROL

17 oct 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Son la cara y cruz de una moneda, el haz y envés de una hoja, los dos sentidos de una dirección. Tienen, como se dice ahora, una edad avanzada y disfrutan -que sea por muchos años- de su condición de expertos en lo suyo. Mario en literatura, Mariano en política. Mario Vargas Llosa, el escribidor, es un maestro del idioma español. Conoce el lenguaje y hace ostentación de ello. Es dueño de las palabras y, por eso, dice siempre lo que quiere decir. Mario, el escribidor, conecta pensamiento y lenguaje con gran precisión en cada una de sus intervenciones, conferencias, entrevistas o en la convención del Partido Popular. «Hay que votar bien» afirmó sentando cátedra. No importan las libertades. No importa la independencia de las personas, ni su capacidad crítica, ni su pensamiento analítico. No es necesario el respeto hacia la conciencia individual. «Hay que votar bien», lo que se traduce en votar como yo, de acuerdo a mis ideas, al partido político que yo voto. Porque, huelga decirlo, Mario el escribidor no votará pensando que vota mal y él, que es un hombre reflexivo galardonado con un premio Nobel, estará en posesión de la verdad, naturalmente. De la verdad verdadera, de la verdad única, de la auténtica verdad que le permite presumir de hacer bien todo lo que hace. También en política, como cuando se presentó a las elecciones presidenciales en Perú y sus compatriotas no le votaron. Los peruanos votaron mal, obviamente, y Mario el escribidor después de su fracaso en política se volcó más en la escritura. Mariano Rajoy Brey, el registrador, es también un gran maestro del idioma pero del suyo propio. No domina el lenguaje y crea su jerga. No es capaz de conectar lo que piensa con lo que dice y así dice lo que dice. Maneja un vocabulario muy escaso que necesita domar en un papel. Sin papeles Mariano el registrador es capaz de retorcer las palabras y desnudarlas de significado. Sin embargo a Mariano el registrador le fue muy bien en política, a pesar de haber sido parachutado de un puntapié a Madrid por el indomable Fraga. Aznar le arropó, le nombró ministro y después sucesor, cosa de la que se arrepiente eternamente. Aznar, digo. Pero a Mariano, el registrador, las cosas de la política le fueron saliendo de las manos a base de no hacer nada, o mejor dicho, de «hacer las cosas como dios manda». Votar como dios manda, hacer las cuentas como dios manda o prometerle a los cordobeses un aeropuerto como dios manda. Mario y Mariano son dos magníficos predicadores del pensamiento único. A eso se dedican cuando les dejan los fiscales y los inspectores de Hacienda, a quienes no les parece que figurar en los papeles de Bárcenas y de Pandora sea hacer las cosas bien ni como dios manda.