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El Eume, ese mágico territorio de leyenda

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL

26 sep 2021 . Actualizado a las 13:40 h.

Acaba de ver la luz, coeditado por el Concello de Pontedeume y la Universidad de Santiago de Compostela, Lendas das Terras do Eume. Un delicioso libro del investigador, profesor y filólogo José Fonte Sardiña cuyas páginas nos recuerdan que el patrimonio inmaterial -hecho de memorias y de sueños- que resplandece alrededor del gran río que se hace mar en Pontedeume es un tesoro inmenso. Se trata de una obra en la que el autor, sin dejar de dirigir su mirada de manera preferente al ámbito de lo legendario (los mitos tratan de explicar el mundo, pero los leyendas, sin intentar volar tan alto, nos permiten, desde la ensoñación y desde la cercanía, comprender mejor la realidad), menciona, también, a personajes que ocupan un lugar central en la historia de Galicia. Como es el caso de Roi Xordo, que en el año 1431 lideró a los irmandiños que plantaron cara a los tropas de Nuño Freire de Andrade O Mao. Citando a Couceiro Freijomil, y remitiéndose a su vez a las fuentes documentales del siglo XV que han llegado hasta nuestro tiempo, Fonte Sardiña subraya que cientos de irmandiños llegaron a cercar el castillo de Nogueirosa, en Pontedeume, aunque finamente fueron derrotados por el señor de Andrade. Y esta mañana, mientras leía yo en las páginas de Fonte el relato de aquellos hechos, se me aparecía detrás mis ojos, o por decirlo mejor dentro de ellos, el propio Nuño Freire, que habiendo abandonado definitivamente todas las ansias de este mundo, y convertido en caballero de piedra, duerme ahora el sueño de la eternidad, tumbado sobre su propio sepulcro, en la iglesia del monasterio de Santa María de Monfero. Al lebrel sobre el que descansan los pies del caballero le falta, a saber desde cuándo, la cabeza. Y otro tanto les sucede a los ángeles que le leen el Evangelio. La verdad es que siento un inmenso afecto por el monasterio de Monfero, y que si paso varios meses sin visitarlo lo echo mucho de menos; pero después, cuando llego allí, me hiere en lo más fondo del alma, de nuevo, tanto abandono. No entiendo -y ya más de una vez lo he dicho- cómo nuestro país puede consentir que esté en ruinas, cayéndose a pedazos, una maravilla como esa. Pero volvamos a lo que hoy nos ocupa: estaba contándoles que hace unos días, al pasar otra vez por su iglesia, estuve contemplando el sepulcro de Nuño Freire de Andrade detenidamente. Con más atención, incluso, que otras veces. Y que me llamó mucho la atención el penacho de plumas que corona el yelmo del caballero. Seguro que cuando, con su brillante armadura, aquel Andrade cruzaba las tierras del Eume, para asistir a alguna solemnidad, a lomos de un magnífico caballo -mientras el viento jugaba con las plumas de mil colores de su yelmo-, más de una vez se sintió invencible. Triste error. También sus días se acabaron. Y habrá sido juzgado ya. Le recé un padrenuestro.