Los troncos


Ignoro en qué momento bajábamos a la marea, cuando, en lugar de la Feria de Muestras, en la Arnela solo se levantaba un bohío de tablas de madera, donde servían chatos de blanco castilla sobre un viejo mostrador con un batiente plegable que al abrirlo hacía de marquesina. Probablemente íbamos ya después de desayunar, porque recuerdo que, durante los veranos de los años cincuenta, la cuadrilla de la calle de Ínsua vagabundeaba todo el día por la ribera. Mucho después, por una ocurrencia publicitaria, aquel páramo de hierba y juncos se denominó Punta Arnela, en una flagrante contradicción semántica inadvertida por los distinguidos castellanohablantes ferrolanos. Las chalupas aprovechaban la pleamar para internarse en el túnel bajo la carretera y varar sobre el pedregal al lado del chamizo, en la dársena en la que boyaban los troncos expoliados a Guinea para PEMSA. Por entonces, la ciénaga que hoy separa el estadio de la Feria de Muestras, considerablemente mayor, no era tan pútrida. Los ciclópeos troncos de okume alijados por achacosos y oxidados mercantes, alguno aún a vapor, y atoados por lanchas eran introducidos con bicheros al favor de la marea. Si alguno se desprendía de la ristra, la empresa gratificaba el rescate del derrelicto. Tras sostenernos a flote, nuestra aventura siguiente era cabalgar sobre aquellos enormes maderos y, haciendo remos de retazos de su corteza, convertirlos en canoas. La mezcla de temeridad e imprudencia, y el olvido de desgracias previas, convertían la navegación en un juego fascinante y un grado más en la ceremonia iniciática. Aquella andanza era la afortunada evidencia de la trampa que esconde la ley de Murphy.

Conoce nuestra newsletter con toda la actualidad de Ferrol

Hemos creado para ti una selección de noticias de la ciudad y su área metropolitana para que las recibas en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
5 votos
Comentarios

Los troncos