Memoria del río


Conviene volver, de vez en cuando, a las páginas de Unha ducia de galegos, ese extraordinario libro de Víctor Freixanes que nos traslada a mediados de los años setenta y que nos permite comprender, a través del diálogo del autor con personalidades de distintos ámbitos como Ferrín, Ramón Piñeiro, Carlos Casares, Paz Andrade, Otero Pedrayo o monseñor Araúxo Iglesias -que entonces era obispo de Mondoñedo-Ferrol, por cierto-, qué es en esencia, y más allá de las servidumbres de cada época, este milagro que llamamos Galicia. La nave de tierra y de mar, de memoria y de estrellas, en la que atravesamos el río del tiempo. Freixanes es autor de alguno de los más bellos libros que se han escrito en nuestro viejo reino, como O enxoval da noiva. Pero en Unha ducia de galegos (que a la vez que un excepcional documento también es literatura, la literatura que nace del afán de vivir con los ojos abiertos y dar testimonio de la realidad) logra, sin necesidad de adentrarse en los territorios de la ficción, algo que un escritor consigue muy pocas veces: iluminar el alma de su propio país. No sé si estarán ustedes de acuerdo conmigo, pero a mí me parece que toda patria es, básicamente, una emoción. Una emoción que, al menos en buena parte, está hecha de libros como Unha ducia de galegos. Y por supuesto como el Quijote de nuestro amigo Cervantes, como el Merlín de Cunqueiro y como los Cantares gallegos de Rosalía. Los libros son amigos extraordinariamente leales. Amigos que dan cuanto tienen, sin esperar nada a cambio. Y por si fuese poco, ellos son quienes nos enseñan que nosotros somos, en esencia, y además de sueños, lo que aún recordamos.

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