Luz en la tarde


Y en esto que está uno, mientras cae el sol de la tarde, tomando café tranquilamente en la terraza del Parque Reina Sofía, cuando, al levantar los ojos del libro que lee en ese instante -que es, por cierto, una vieja edición de Trafalgar, de don Benito Pérez Galdós-, se da cuenta de que, como en un milagro, lo rodean media docena de pavos reales, que sin hacer ruido alguno, y con una cortesía de príncipes, han venido a hacerle compañía. Supongo que estos pavos, de bello plumaje y educación exquisita, serán parientes directos de los que en un pasado muy lejano, cuando hasta yo era niño, vivían en ese mismo parque, un lugar que entonces, con tanta ave exótica como lo habitaba, me parecía un verdadero jardín de las maravillas. Wenceslao Fernández Flórez, el autor de El bosque animado, conocía esa terraza ferrolana muy bien, y no puedo dejar de preguntarme qué le parecerían a él los pavos reales, cuyos antepasados, según se dice, fueron traídos a Europa, nada menos que por Alejandro Magno, desde la India. ¿Cómo sería, en realidad, el pasado que no vimos...? Habitamos los recuerdos del futuro, como tantas veces se dice, pero solo podemos caminar el presente. Lo demás son inútiles nostalgias y el vano afán de la profecía. Sé que el verano se acaba, pero el otoño también es un prodigio. Esta semana, por cierto, cumplió 40 años uno de los más grandes registros del atletismo gallego, la plusmarca española de los 400 metros lisos (46’’24) lograda por Isidoro Hornillos en el Estadio Olímpico de México. Una gesta cuyo recuerdo ya es imborrable. La noche se acerca, pero yo abro la carta que me ha escrito Luz (Luz Pozo Garza) y al instante todo se ilumina.

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