Entre palomas

José Antonio Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

18 mar 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

como cada año, un día de febrero, lo dedico a podar la parra de la casa familiar. Con más voluntad que destreza en el manejo de tallos, brotes y yemas, voy logrando tenerla adecentada y que nos siga regalando sombra en verano y uvas sabrosas en otoño. En esta ocasión, era una mañana fría y áspera, en la que eché en falta la presencia de la perra Maya (murió hace ahora un año), siempre merodeando alrededor de la escalera, pendiente de lo que yo hacía entre los baceles. Pero para compensar esa ausencia, asistí al ir y venir de una pareja de palomas torcaces (o tórtolas) con su zureo monótono y agradable. Llevan varios años anidando en la huerta, y su compañía ya nos resulta familiar a los de casa. Están las dos en lo más alto del nogal: el macho, más corpulento, oteando el aire del norte; la hembra, más pendiente de lo que se mueve en la huerta. No sé si son un caso raro por vivir aisladas de las de su especie, pero estas se pasan el año solas, en amor y compañía, desarrollando su instinto monógamo, con desplazamientos cortos por la zona para regresar siempre a su base. Han echado raíces en la huerta, donde viven cómodas y sin que nadie las moleste.

Su presencia me alegra la mañana. Y me retrotrae a mi infancia, cuando en el palomar que aún sigue en la huerta habitaban docenas de palomas, de las comunes y populares. Mi padre era un gran aficionado a estas aves; tenía, además, muy buena mano para ellas porque conocía sus costumbres y su forma de vivir en colonias. Sin él saberlo, era un experto colombófilo. Por eso las palomas fueron desde siempre para mí unos animales cercanos, que, además, se iban cubriendo de un aura mítica a medida que en la escuela me iba enterando de que Noé, en medio del Diluvio Universal, soltó una paloma que volvió trayendo en el pico una rama de olivo con hojas verdes, señal de que las aguas habían bajado. Y de que, más tarde, la paloma alcanzó la categoría de representar oficialmente al Espíritu Santo, que adoptó esta fisonomía para estar presente en el bautizo de Jesucristo, oficiado por san Juan, en el río Jordán. Su prestigio siguió creciendo ante mí cuando Picasso convirtió a la paloma en el símbolo de la paz, sin importarle que se equivocase, como la de Alberti, que iba al Norte creyendo que era el Sur… Recuerdo aquellas mañanas de verano en que, al romper el día, me despertaban con su gorgeo, y que yo aprovechaba para, segundos más tarde, dar media vuelta y seguir disfrutando del placer de dormir sin más obligaciones. Cuando había más revuelo en el palomar era en las ocasiones en que el palomo, rey de la manada, aparecía con algunas palomas desconocidas, normalmente jóvenes, que él seducía en sus expediciones amatorias. La gente los conocía como «machos ladrones», porque conseguían atraer para su manada a muchas incautas de palomares vecinos, con lo que generaban un gran revuelo en el propio, con escaramuzas y peleas al ser rechazadas por las de la casa. Pero el palomo nuestro en esos líos no entraba. Yo lo recuerdo, con su plumaje blanco y su gran envergadura, oteando el horizonte, haciéndose el despistado. Como este, que ahora mismo está observando, intrigado, desde lo más alto del árbol, el tejemaneje mío en la parra. Y yo, mientras, pienso que entre palomas se nos va la vida: corremos detrás de ellas inocentemente cuando somos niños y acabamos echándoles migas en la plaza, cuando somos mayores.