En la memoria


Estoy convencido de que, si hacen ustedes memoria durante un instante, recordarán enseguida algún libro que les cambió la vida. Y no, no hablo de ninguna de esas lecturas de la edad adulta en las que uno se adentra cuando por fin ha comprendido que los libros que de verdad importan no son los que responden a lo que les preguntamos, sino los que nos preguntan, ellos mismos, lo que tal vez ni siquera sus autores habían imaginado. Porque yo me refiero, en realidad, a esos otros libros que llegaron a nuestras manos mucho antes, en nuestra infancia. Historias que nos enseñaron que el mundo era infinitamente más grande de lo que habíamos imaginado. Piensen, por favor, en uno de esos libros. En el que ustedes prefieran. A lo mejor hasta era un Quijote para niños, una versión infantil de la obra de Cervantes. Y traten de recordar cómo llegó hasta ustedes. Quién se lo regaló, si es que fue (lo más probable es que sí) un regalo. Yo hago eso hoy, también. Recuerdo un libro al que, en un tiempo que ya no existe, además de leerlo todas las noches, hasta le hablaba. Cuánto lamento haberlo perdido. Pero más lamento todavía que quien me lo regaló haya marchado tan lejos que ya ni siquiera puedo darle las gracias. Esta tierra en la que vivimos, donde Europa hunde sus brazos en el Océano, siempre ha amado, por fortuna, los libros. Lo digo porque uno es lo que ha leído. E incluso lo que no ha leído, por supuesto. De hecho, si con la vida bastase, no soñaríamos. La auténtica verdad es esa. Y, por cierto, qué verdad tan grande. ¡Feliz Día del Libro...!

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