Mi bisabuelo Ramón tuvo un único sueño y no pudo cumplirlo. Deseaba, por encima de cualquier otra cosa en la vida, conocer Japón. Eran otros tiempos, y las distancias entre Oriente y Occidente se medían en semanas, si no en meses.
Le sobraban, además, hijos y le faltaban tiempo y dinero, así que se pasó toda su vida atado a la mesa de una conservera de atún.
A su familia nunca le faltó de nada y todos sus hijos encontraron, gracias al esfuerzo paterno, acomodo en la vida.
Quizás ellos puedan cumplir sus deseos, pensaba, y cuando regresen de sus aventuras me lo contarán todo al detalle.
Y los cumplieron, pero ninguno de ellos había salido al padre: se quedaron en Galicia, pensando más en la seguridad del oficio y el ahorro que en la libertad del viaje sin billete de vuelta.
Ramón siguió a lo suyo y minuto a minuto, lata a lata, fue olvidando los cerezos en flor, las geishas, los samurais. Le alegró leer un día en el boletín interno de la empresa que la inmensa mayoría de la producción la compraban los japoneses, enamorados del producto gallego.
Aquella fue la última vez que se imaginó vislumbrando desde el barco la cumbre del Fujiyama.
Una mañana, a un mes escaso de su jubilación, mi bisabuelo perdió un diente durante el trabajo.
Lo extrajo de su boca con dos dedos, lo contempló un instante y entonces -dicen los que lo vieron- una hermosa y mellada sonrisa iluminó su rostro. A Japón, dijo, y metió el diente en una de las latas.