lgunas imágenes son como cargas de profundidad. Una vez hundidas en las profundidades revientan y su honda expansiva inunda de melancolía los camarotes del alma, y dejan exangüe el espíritu. El estallido alborota los recuerdos dormidos, como perezosas nubes de polvo que alzan las pisadas en una buhardilla entre los rayos de sol que filtra la claraboya. Cuando de súbito surge la vieja fotografía, desencadena un fenómeno irremediable de conmiseración blanda y tibia ante la fugacidad de la existencia. El álbum de tus recuerdos, sección que se publica en la página anterior, reproducía esta semana una instantánea del verano del 61 en la playa de Copacabana, al pie de donde hoy se arquea el paso peatonal elevado del puerto. Sobre la arena del espacio comprendido entre el bar de Zaragoza y la rampa final del muelle, unos muchachos (tal vez Lolo Carneiro, Luco y otros hercúleos jóvenes con los torsos esculpidos por miríadas de series gimnásticas) competían por hacer el pino, ante el pasmo de los más niños, que los observábamos embobados. Aquellos veraneos humildes y domésticos de berberechos amagando el tifus sobre una playa de opereta que llenaban de dicha los días de los chiquillos. Cuando la memoria era tersa y carecía de las arrugas entre las que hoy se agazapan recuerdos que así, repentinamente, cobran vida y se hacen ingobernables. Cuando, vaya, repasen el grabado, todos éramos delgados. Véanlo: no había gordos. Tal vez por eso éramos felices, con el mar manso de la ría, un bocadillo y el sol.
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