Querido Gon: Aquí, como en todas partes, las relaciones entre vecinos son complicadas. Uno tiene un cerdo en casa, otro toca el ukelele? Cosas que pasan hasta entre bosquimanos. Pero hay en mi edificio alguien que me hace pasar ratos de verdadera desazón. Y lo peor es que no tiene ni doce años.
El nene, al que toda la comunidad llama Pangpang (gordito) es alto, entradísimo en carnes, mofletudo y de colleja recta e hirsuta, como la de un jabalí. Su mamá es la dueña de la peluquería del bajo, y se pasa la vida pegando trasquilones. El niño, cuando sale de clase, se sienta, solo, en las escaleras del portal y, tras engullir la cena con unos blanquecinos palillos de bambú, hace los deberes con el libro sobre sus rodillas, o se abandona a la práctica de alguna afición. Y es ahí donde viene el problema: el pobre, que está más solo que la una, necesita como loco una audiencia.
Durante los dos primeros años que pasé aquí, Pangpang vivía volcado -textualmente- sobre la típica flauta de plástico del cole. Todos los vecinos fuimos testigos de sus primeras escalas, de sus titubeantes progresos y, finalmente, de su aceptable dominio del instrumento. En cuanto alguien salía de casa, lo perseguía con la flauta y le tocaba una canción. A unos nos acompañaba a la compra, a otros a pasear al perro, que aullaba. Recuerdo la vergüenza que pasé haciendo cola en el banco con el joven virtuoso luciéndose a mi vera.
Ahora, ya ves, todos echamos de menos la flauta: te permitía ignorar a Pangpang, no mirarle, acelerar el paso. Y es que últimamente le ha dado por la magia Borrás. Cada día, cuando llego a casa y voy a aparcar la moto frente al portal, se me planta delante y me tapa el hueco, con algo en la mano: una bola, un cabo, una baraja. Es más bien torpe, y le lleva un rato en rematar. Cuando me veo desde fuera, esperando a que un niño gordo de uniforme me cuele un truco, me siento tan raro que sólo quiero meterme en casa, a salvo de las bromas del portero.