Las tradiciones municipales

FERROL

La corporación ferrolana ha venido demostrando en los últimos años, mande quien mande, su gusto por arraigadas tradiciones municipales. Su empeño por mantener la esencia propia de la consistorial. ¿Muestras? A montones. A saber: disfrutar del arroz con leche, estrechar lazos de amistad con Lugo y con Mondoñedo, ensalzar la fiesta de las Pepitas, presumir de Semana Santa... Pero no menos loable es la pasmosa capacidad de unos y otros para perpetuar otras costumbres bastante menos sanas. Y, sobre todo, con la que está cayendo. Y con la que puede caer. Porque cuando pintan bastos, pintan bastos en Cornellá, en Cádiz, en Sestao y en Ferrol. En todas partes.

Ante ese panorama, aquí el puzle de cinco piezas que forma el pleno insiste en sus cosas. En diferenciarse. Por ejemplo, con sesiones de debate eternas para dilucidar poca cosa. Aunque eso no deja de ser una mera anécdota. Porque mucho más inquietantes son otras tradiciones que, parece, no hay forma de desterrar. También aquí hay ejemplos. E, insisto, no vienen de ahora. Desgranemos: la imposibilidad de determinar el futuro del barrio de Recimil; la división en prácticamente todos los proyectos; convertir la negociación de los presupuestos de la ciudad -de la ciudad, no suyos- en un rosario de penurias; las descalificaciones continuadas; el empobrecimiento del diálogo político; las medidas inciertas para intentar recuperar el pulso en el casco antiguo...

Pero si la corporación ferrolana tiene gusto por algo es por las plazas. ¡Bingo! El rebumbio para tocar alguna de ellas forma parte ya de la imagen de la ciudad. Primero fue la de España. Años y años. Ahora le toca a la de Armas. La misma que provocó que el matrimonio PP-IF quedase solo en una pareja de cara a la galería. Ni idea de lo que se va a hacer ahí al final. Y tardará en saberse. Faltaría. Seguro que pronto le tocará a Amboage. Y triplete de éxitos. Que no falte el sarao.