El Sánchez Aguilera, desde dentro

FERROL

Pabellones vacíos, escombros y vestigios de armamento evocan los recuerdos del que durante tres siglos fue uno de los cuarteles más emblemáticos de la ciudad

14 mar 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Ocho años después de perder el cometido que desempeñó durante casi tres siglos, el cuartel Sánchez Aguilera solo evoca lejanamente que no hace tanto 800 personas trabajaban y vivían en él. Hoy el recinto del antiguo Regimiento de Artillería Antiaérea número 76 es un lugar inhóspito y abandonado. Casi 100.000 metros cuadrados de suelo donde perviven construcciones militares que, más tarde que pronto, acabarán desapareciendo para dar lugar a un nuevo barrio.

Hoy no entran miles de quintos cada año por su puerta. De hecho ya ni siquiera existen. Pero gran parte de las escasas personas que atraviesan la barrera de seguridad del acuartelamiento lo hacen, como entonces, en contra de su voluntad, para pagar una multa segura y conseguir liberar el coche trasladado por la grúa. Multados, policías, efectivos de Protección Civil, aprendices de ceramistas en un curso municipal y miembros de la banda de música son los actuales habitantes de un desértico paraje fantasmal.

Tras pasar el umbral del edificio principal el visitante se da de bruces con una amplia explanada sobre la que se extienden más de un centenar de vehículos, la mayoría abandonados y en un estado de grave deterioro. A mano derecha, los siete pabellones alineados en los que muchos ferrolanos pasaron la mili. Otros jóvenes los ocuparán en el futuro, ya que tres de ellos, los tres primeros, y los que mejor estado presentan -con carpintería metálica en sus ventanas-, están llamados a reconvertirse en residencia universitaria. Las puertas, abiertas, batiéndose a los antojos del viento. Balcones arrancados, ventanas sacadas de sus goznes. En el interior no queda rastro de las taquillas y las literas que un día hicieron los altos techos y las amplias estancias más habitables. Sí etiquetas con nombres, escudos de cada sección del regimiento y pinturas murales. Entre ellas, un poema de Calderón manuscrito en 1978 que alaba la bizarría de los soldados. En el suelo, un viejo póster de una revista masculina. Y entre las paredes, restos de vestuarios, duchas, gimnasios, talleres, oficinas.

Techos apuntalados en una antigua cocina y una cruz en su umbral anticipan la muerte prematura del primero de los cuatro pabellones que serán derribados para dejar paso a una gran superficie de uso comercial.

Callejero propio

Era una pequeña ciudad y tenía su propio callejero, la mayoría, dedicado a militares destacados, en placas nuevas colocadas en el 1998. La calle Marruecos da una hilera de talleres de chapa, pintura, lavado engrase, y otras necesidades automovilísticas.

Abren paso a otra zona, más abandonada si cabe: aquí las montañas de escombros tienen su utilidad: son utilizadas para los simulacros de rescate que realizan equipos de emergencia. Si el nuevo plan urbanístico sale por fin adelante, pronto habrá muchos montones de cascotes más.