C
uidemos la ciudad. Con la que está cayendo, es casi el único espacio que queda a salvo para hacer política con criterios democráticos; esto es, que la voluntad de los ciudadanos se imponga al interés del dinero. Vean, si no, cómo le va a Grecia, convertida en chicle entre los colmillos de Sachs y Paulson & Co; a la UE, sin más orificios ya en su cinturón; a Zapatero, con la faltriquera agujereada; a Galicia, ya de nuevo en manos de la construcción (qué pícaro de sainete es Feijoo: protegeré más suelo que Touriño, pregona, mientras con un gesto encarga a sus propios enmendar la Lei do Solo en más de treinta artículos, probablemente no para ampliar espacios naturales). Son tiempos de mirar intramuros de las ciudades. En las que se pueda.
Al menos en las urbes no da tanto miedo el liberalismo ramplón y predatorio. No es que en ellas sea inocuo, pero se parece más a una mascarita, uuuh, uuuh, con más baladronada que peligro detrás de la careta. En una ciudad pequeña como Ferrol se puede no perder el tiempo: hacer lo que exige el paso de los días en favor de la mayoría de la población. Por ejemplo, seguir ganando espacios para el encuentro, ensanchando las peatonalizaciones, los jardines, mejorando la limpieza, los parques infantiles, el transporte, el ocio, los horarios de los servicios públicos, la educación cívica. Si no se puede crecer, mejoremos por dentro. Ya lo decía el santo, en tiempos de tribulación no hagas mudanza.
Claro que ese reto exige un temple firme y paciente como el de Gandhi para cegar las oportunidades que olisquea el negocio especulativo, para cortar la apropiación de bienes comunes en beneficio particular, para poner coto al aumento de la edificación, para no privatizar porque sí, para prohibir el tráfico, para imponer sanciones y multas, para decir que no. Exige recuperar el espíritu de apostolado laico de los admirables y olvidados maestros de la República, un rasgo que, vaya, se atisba en algún concejal.