La tantas veces llamada Villa de los Andrade guarda la memoria del general de los Reyes Católicos, héroe de la batalla de Seminara, que brilló en las campañas de Italia mientras Europa dejaba atrás la Edad Media
17 dic 2009 . Actualizado a las 15:04 h.Las voces de lo legendario, tan reconfortantes siempre, mantienen unida la memoria de Pontedeume al recuerdo de un conde que jamás lo fue: Fernán Pérez de Andrade O Bóo , que en las brumas de la Edad Media construía puentes, torres e iglesias. Y al que aún le quedaba tiempo -habilidades de político no debieron de faltarle, desde luego- para colocarse en el bando más conveniente cuando Don Enrique el de las Mercedes consiguió hacerse con el trono mandando a hacer puñetas al pobre Don Pedro, que será recordado como El Cruel , probablemente sin remedio.
Ya bien dice El Quijote -que se escribió bastante después de todo eso, claro, pero cuyas sentencias valen incluso para retroceder en el tiempo- que correr en auxilio del vencedor es una costumbre muy vieja. Pero lo cierto es que Pontedeume tuvo un conde (éste sí lo era) que, aunque jamás gozó de la misma suerte que su antepasado O Bóo en las páginas de la leyenda, sí brilló y mucho en su tiempo. Y que a diferencia de aquel, no se enterró en Betanzos, en una tumba de granito recio, sino en el propio Pontedeume, en la iglesia de Santiago, dentro de un sepulcro de piedra bastante más fina, de estética bien diferente. Un sartego que da testimonio de cómo en tiempos del conde verdadero el Renacimiento brillaba con fuerza, mientras iba quedando definitivamente atrás la Edad Media. El conde Fernando, que debió de ser sin duda hombre que, sin hacerle por ello ascos al uso de la espada, amaba las artes y las letras -sus disposiciones testamentarias, estudiadas y publicadas por García Oro, son una verdadera joya en la que su carácter queda patente-, no solo ejerció como señor de Pontedeume, sino también, por citar dos ejemplos, de Ferrol y de Vilalba. Estuvo casado -ya sabrán disculparnos los eruditos, si es que no acertamos en el recuerdo- con la condesa de Monterrei, Francisca de Zúñiga. Auxilió al Gran Capitán, Fernando Fernández de Córdoba, cuando sus tropas se iban defendiendo como podían, en la Italia a la que tan unido estuvo, de las huestes de Luis de Armagnac. Y al parecer aún son muchos los napolitanos que, a día de hoy, siguen teniéndolo por uno de los suyos, aspecto que no deja de tener su mérito. Al hacer testamento, pidió Don Fernando que junto a su sepulcro, en la iglesia de la que tan devoto era, se conservasen las banderas que había ganado. Deseo que se cumplió en parte, al menos simbólicamente: están labradas sobre su tumba, que tampoco es lo peor que podría sucederle. Ese sepulcro se conserva hoy en muy buen estado, junto al altar mayor del templo, si bien no en su emplazamiento original, ya que fue trasladado (conjuntamente con sus huesos, según se desprende de la inscripción del arcosolio) a finales del siglo XVIII, cuando tan poca afición había a dejar estar nada quieto.
Una sugerencia
Nunca es mala idea, con la excusa de ir saludar al conde o con otra cualquiera, dedicar un par de horas a pasear por Pontedeume, para así comprobar que las magias cotidianas suelen ser las de mayor mérito. Sobre todo, si sus campanas suenas.
La población, desde la que se adivina, allá en lo alto del monte Breamo, ese templo de San Miguel cuyo ábside es de tal belleza que conmueve cada vez que uno lo ve de nuevo, mira a la difusa frontera en la que se convierte en mar el río, O Pai Eume . Las calles, como en casi todos los lugares que de verdad llevamos dentro, huelen a café y a churros recién hechos. También a tinta, aunque hoy ya no exista físicamente aquella imprenta López Torre que llevó tan lejos el arte de hacer libros como los de Couceiro Freijomil, en cuyas páginas -como entre los muros de la Cátedra de la Latinidad- los Andrade volvían a la vida, de vez en cuando, de nuevo.